View Full Version: La saga de los magos

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Title: La saga de los magos
Description: Fanfic


dclpz - October 8, 2006 12:51 AM (GMT)
LA SAGA DE LOS MAGOS

I. El enjambre
Un extraño enjambre de avispas entró sigilosamente al Santuario de Atenea. Su zumbido era absolutamente inaudible y, a pesar de moverse a gran altura, volaba con suficiente inteligencia para evitar ser visto. De esta forma, los insectos pudieron pasar completamente inadvertidos y aproximarse a las Doce Casas.
–¿Es absolutamente necesario? –preguntó una voz de varón que observaba la escena reflejada en un espejo de agua.
–Sí, y confío en que será un medio efectivo y discreto –contestó otra voz, también de varón, que hacía lo mismo pero en una esfera de cristal.
–Pues el veneno de una sola de esas avispas podría matar una ballena al instante –afirmó una voz de mujer, que contemplaba la misma visión en una hoguera.
–Debemos evitar que las batallas de estos violentos seres continúen derramando sangre. Siglos atrás, nuestros ancestros lo hicieron sin que quedara siquiera registro de ello, y con la misma técnica –concluyó el de la esfera.
Al pasar sobre la casa de Aries, una de las avispas se separó del enjambre y buscó al caballero guardián. Éste, se ocupaba en ese momento de poner orden en sus herramientas celestes, y lamentaba que su discípulo, Kiki, no cumpliera con sus deberes desde su llegada al Santuario. “Se ha vuelto un holgazán”, pensaba mientras recogía el desorden. En eso, frunció el ceño, sintió a su espalda una extraña, diminuta, pero poderosa energía, que se le acercaba a gran velocidad. De inmediato lanzó un golpe a la velocidad de la luz que alcanzó a aquello que lo atacaba, pero que ni siquiera logró ver pues desapareció en ese mismo instante.
El enjambre siguió avanzando sobre las Doce Casas, dejando una avispa para acabar con cada uno de los caballeros dorados. El de Tauro tomaba un baño al momento en que sintió el ataque, reaccionó de la misma forma que su vecino de Aries, por lo que no tuvo siquiera necesidad de salir de su tina. Instantes después, Aioria, quien se entrenaba en la casa de Leo, lanzaba también un rayo de luz con un solo dedo, que destruyó lo que lo amenazaba. Sólo Shaka de Virgo, quien meditaba sentado en posición de flor de loto en el centro de su templo, pudo ver de qué se trataba; desde luego, no le tomó importancia hasta que tuvo al insecto a escasos centímetros. Bastó con proyectar su energía, sin siquiera moverse, para derribar al insecto. Trató de examinarlo, pero éste desapareció en ese mismo momento. “¿Quién intenta atacarnos? ¿De qué enemigo se trata?”, pensaba Shaka. Pocos minutos después, Milo de Escorpión tampoco tuvo problema para deshacerse de aquel insólito atacante con una de sus agujas escarlata.
–Los hemos subestimado –se lamentó la de la hoguera.
–Espera, todavía hay esperanza –contestó el de la esfera.
El enjambre se había reducido a siete avispas que, tras volar sobre la casa de Piscis, se dividió en dos grupos. Cinco se dirigieron al lugar de descanso de los caballeros y dos a un jardín que se encuentra más allá de la estatua de Atenea. Las primeras se encontraron a los cinco caballeros de bronce acostados, con sus armaduras en sus urnas al pie de sus camas, reponiéndose de sus heridas. Las avispas se aprestaron a cumplir su misión, y cada una se dirigió al pecho de un caballero para clavar su veneno directamente en sus corazones. Las cinco estaban ya por tocar a sus víctimas cuando un violento golpe metálico, acompañado por una descarga eléctrica acabó con ellas. La cadena de Andrómeda había salido de su urna y había cumplido con su deber defensivo.
Al mismo tiempo, un grito entrecortado despertó a los caballeros. Atenea, quien disfrutaba del Sol matutino en el jardín en compañía de Kiki, había sido herida por la espalda por uno de los insectos. La otra se apresuraba a atacar también, pero fue detenida por la telequinesis de Kiki, y despareció.

II. Esperanzas
–Bueno, tu idea de las avispas resultó en fracaso –reclamó la voz de la hoguera.
–No del todo hermana. Atenea está en agonía a pesar de haber recibido sólo la mitad de la dosis preparada para ella –contestó el del espejo.
–Pero siendo una diosa, se repondrá en tres días ¿o no hermanito? –agregó la de la hoguera en tono exaltado.
–Calma hermana –interrumpió el de la esfera–. También significa que tenemos tres días para concluir nuestra misión. Ahora debemos ir personalmente al Santuario, en este momento en que están sorprendidos, y enfrentarnos a los caballeros dorados. Tengo la esperanza de que entre los tres podremos acabar con la terrible diosa guerrera.
–¿No hay otro camino?¿no podemos emplear otro veneno? –preguntó el del espejo.
–De ninguna manera hermanito –respondió la de la hoguera–. Recuerda que esa poción sólo podíamos hacerla una vez, y aun probando con otra, nada garantiza que ahora sí resulte.
–Exacto, así que debemos batirnos ahora con los dorados –repitió el de la esfera.
–Pero los de bronce no se van a quedar cruzados de brazos, y esos son más peligrosos porque son impredecibles –advirtió ella.
–Pues traigámoslos aquí –propuso el del espejo.
–¿Se puede saber cómo? –inquirió su hermana.
–Tratarán de buscar un remedio para su diosa herida –explicó el otro–, pues que vengan a buscarlo aquí y los encerramos en el jardín de la paz.
–No es mala idea –observó el de la esfera–. Así podríamos ocuparnos directamente de los otros.
–Bien, ¿y se puede saber cómo les sugerimos que vengan aquí?
–Esperen, observen –interrumpió el del espejo.
–Mírenlos, tantos caballeros y no pudieron siquiera proteger a su diosa del simple aguijón de un insecto –dijo burlona la de la hoguera.
Los caballeros, en efecto, sacaban a Saori del jardín donde había quedado desmayada. Aioria la llevó en brazos, inconsciente y casi sin signos vitales, hasta su cámara, y ahí la recostaron. Acudieron de inmediato todos los caballeros dorados y los cinco de bronce. El ambiente era de una visible pesadumbre e impotencia. En los ojos de todos había lágrimas contenidas. Probaron todos los recursos a su alcance inmediato. “No te dejaré morir”, repetía Seiya inclinado y tomando la mano de Saori, Milo lo tocó en el hombro indicándole que se hiciera a un lado un momento.
Reunidos en torno a la cama donde recostaron a Atenea, los cinco caballeros dorados hicieron brillar su cosmo, que puede tanto dañar como sanar. Sus armaduras emitieron un resplandor deslumbrante, su energía se expandió por todo el Santuario, pero no resultó. Entonces, Mu de Aries se teletransportó hasta las montañas de Jamir, y retornó sin dificultad con el agua de la vida. Hicieron que la bebiera, pero tampoco se repuso. Un silencio insondable se hizo en el cuarto de la diosa, preguntándose todos si era el momento en que Atenea moriría y de dónde había provenido el ataque.
Shaka de Virgo, con actitud de autoridad, rompió el silencio:
–Starhill –dijo– además de observatorio, es la entrada a una biblioteca secreta de los patriarcas. Mu, ve allá con Shiryu y Shun y busquen entre los viejos manuscritos alguna solución.
Aunque dudaron un segundo, Mu tomó a los otros caballeros y se teletransportó con ellos a Starhill.
–Milo, Aioria, Aldebarán –continuó Shaka–, debemos volver a nuestros puestos. Aldebarán, en ausencia de Mu, deberás vigilar la casa de Aries.
Aunque con mirada desconfiada, los cuatro caballeros dorados reconocieron que era prudente.
–Nadie sabe si habrá un nuevo ataque ahora que Atenea está en agonía –siguió Shaka–. Seiya, Ikki, Hyoga, quédense aquí.
Ninguno respondió, pero los caballeros dorados se acercaron a la salida y los tres de bronce ocuparon su lugar rodeando a Saori, cabizbajos y completamente consternados.
Repentinamente, Mu reapareció con los otros dos caballeros.
–¿Han encontrado algo? –se apresuró a preguntar Seiya.
–Hay una esperanza –contestó Shiryu mostrando a todos un extraño libro, de apariencia antigua–. Nuestra esperanza está en los magos de la isla de Prometeo.

dclpz3 - October 13, 2006 06:48 PM (GMT)
III. Los magos
–El manuscrito –explicó Shun–, dice que en una lejana isla en medio del Pacífico habitan tres magos, se dice que son descendientes de Deukalión, y por tanto, de Prometeo, uno de los titanes, quien entregó el fuego a la humanidad. Ellos conocen la magia de los elementos, de los sentimientos y de los tiempos. Se les identifica por tres colores: rojo, el del fuego y la tierra, las pasiones y el presente; azul, el del agua y el aire, la tristeza y el pasado, y blanco el del éter, el amor y el futuro.
–Los magos –continuó Mu–, parecen haber ayudado a Atenea en alguna de sus batallas, por ello les concedió además el conocimiento de todas las sustancias venenosas y sus antídotos. Se dice que son capaces de encontrar la cura de cualquier…
–¡Vamos a buscarlos de inmediato! –interrumpió Seiya.
–Espera –dijo Shaka deteniéndolo–, no debemos actuar sin pensar. Este ataque ha venido de un enemigo inesperado, del que no sabemos nada y que puede actuar otra vez si bajamos la guardia.
–Estoy de acuerdo, Shaka –completó Mu–, pero no sabemos cuánto tiempo pueda resistir Atenea.
–Seiya tiene razón: debemos buscar a esos magos –dijo Aioria con decisión–. Uno solo de nosotros, los caballeros dorados, bastará para cumplir con esta misión.
–No pueden abandonar su puesto –dijo una voz proyectada desde lejos.
–¿Maestro? –preguntó Shiryu.
–Sí, se los he dicho antes, ahora más que nunca, los caballeros dorados debemos cumplir nuestro deber en las misiones que nos han sido asignadas –agregó Roshi.
–Nosotros nos encargaremos entonces –respondió Ikki con aire de suficiencia.
–¡Hermano…! –exclamó Shun con admiración.
–Ustedes acaban de pelear en el Templo de Poseidón, están todavía débiles –apuntó el caballero de Escorpión.
–No nos subestimes Milo –respondió Hyoga.
–Hemos arriesgado la vida muchas veces por Atenea y estamos dispuestos a hacerlo en cualquier momento –afirmó Seiya.
–Debemos salir ahora mismo –dijo Shiryu–. Estoy seguro de que si esos magos ayudaron en el pasado a Atenea estarán dispuestos a hacerlo de nuevo.
–La misión no será tan sencilla –insistió Shaka–. No sabemos nada más de los magos, ni si han tenido algo que ver en este ataque. Yo también creo que sería mejor confiar la misión a uno de nosotros, los caballeros dorados.
–Yo confío en Seiya y sus compañeros –intervino Roshi–. Y estoy seguro de que Atenea también.
–Yo también confío en ellos –dijo Aldebarán.
–Y yo también –completó el caballero de Aries.
–No se diga más, partamos ya –sentenció Seiya y dirigiéndose al Fénix preguntó:
–¿Nos acompañarás?
–Sabes bien que no ando en grupo… Pero estaré cerca –respondió Ikki saliendo de la cámara.
Al instante, los cuatro caballeros de bronce se dirigieron al salón del trono del Patriarca y se vistieron sus armaduras. El caballero de Virgo, aunque no había cambiado de opinión, usó su poder para ubicar la isla de los magos. Mu debería teletransportarlos hasta allá. Los otros caballeros se aprestaron a volver a sus respectivas Casas. Aioria, al salir, tocó a Seiya en el hombro en señal de confianza. Milo hizo lo mismo con Hyoga. Justo cuando Mu iba a usar su poder, cinco personas penetraron en el salón.
–¡Nosotros también debemos ir, nosotros también somos caballeros de Atenea!
–¡¿Jabu?! –exclamó Seiya– ¿Cómo han entrado hasta aquí?
–Nuestro deber es pelear por nuestra diosa –continuó el Unicornio–. No nos harán a un lado esta vez.
–Caballero del Unicornio –intervino Shaka–, tu pasión es tan admirable como tu ingenuidad. Tú y tus compañeros ni siquiera han desarrollado el séptimo sentido, ¿creen que serían un auxilio para Seiya?
Jabu y los otros cuatro caballeros reaccionaron airados, pero Seiya los detuvo:
–Jabu, antes hemos sido rivales, pero nos une nuestro deber hacia Saori. Cuídala, cuídenla en nuestra ausencia.
Jabu asintió y se hizo a un lado. Al instante, los cuatro caballeros fueron enviados por el de Aries a la isla de los magos de Prometeo.
–¡No pudo salir mejor! –exclamó la mujer de la hoguera riendo victoriosa.
–Se dirigen a tus dominios hermana –advirtió el del espejo.
–Cálmate, yo sola podré con los cinco.
–No desperdicies energía –recomendó el de la esfera–. Recuerda que basta con encerrarlos en el jardín de la paz.
–Así no tiene gracia, les apuesto que los venceré sólo con cinco hechizos, uno para cada uno –respondió ella.
–¿Otra vez apostando hermana?
–No tienes sentido del humor hermanito.
–Bien –dijo el del espejo–, si tú usas cinco hechizos, yo usaré seis para vencerlos cuando salgan de tu desierto y pasen por estos bosques.
–¡Qué optimista! Está bien, es una promesa: si yo logro dominarlos con cinco hechizos me devolverás aquella joya… si pierdo y tú lo logras con seis, te daré la última de mis gemas.
–De acuerdo.
–Prepárense, los cinco caballeros han llegado ya –advirtió el de la esfera.

IV. El volcán
Los cuatro caballeros cayeron en un claro en medio de la selva que cubría la cumbre de un volcán. Muy cerca, alcanzaba a divisarse el cráter, que lanzaba una densa humareda. Del claro salía un estrecho sendero que se abría paso a duras penas entre la vegetación.
–Así que esta es la isla de los magos –dijo Seiya.
–El sendero tal vez indique el camino para llegar hasta ellos –señaló Hyoga.
–La cadena percibe una fuerte energía en esa misma dirección –agregó Shun levantando su brazo.
–Yo también la percibo –advirtió Shiryu.
–Bien, pues sigamos adelante –concluyó Seiya avanzando por el sendero.
El Sol ascendía apenas en el horizonte, mientras las cuatro figuras caminaban apartando el follaje a su paso. Apenas habían avanzado unos metros, cuando escucharon un fuerte estruendo.
–Démosles la bienvenida, queridas criaturas –decía la maga frente a su hoguera. En ella veía reflejados a los caballeros, y de inmediato, acercando su puño derecho al fuego gritó: –¡Seres de la lava! ¡Espíritus del fuego! acudan a mi llamado –un rayo luminoso salió del anillo de rubíes que portaba en esa mano, y se dirigió al volcán que aparecía entre las flamas.
–¡Una erupción! –gritó Shun.
En efecto, una enorme masa de material incandescente fue arrojada por el volcán y se dirigió hacia ellos a gran velocidad. Hyoga le hizo frente con su aire congelante protegiendo a sus compañeros. Una y otra vez el volcán arrojaba explosiones y, poco a poco, también un río de lava. El caballero del Cisne, empero, no cedió un centímetro. –¡Sigan adelante! –gritó a los otros–. Los alcanzaré más adelante.
Los otros caballeros continuaron avanzando en medio de los temblores que sacudían el monte. Dieron la vuelta en un estrecho precipicio, pero al salir de ella, el camino estaba completamente cerrado por un derrumbe.
–¡Demonios! No hay salida –exclamó Seiya.
–¡A un lado! –gritó Shiryu, lanzando un poderoso golpe para abrirse paso. Las rocas cedieron ante el Dragón, pero sólo para descubrir un abundante río de lava que los obligó a retroceder hasta donde se encontraba Hyoga. Éste se dio vuelta, y dirigió su torrente helado hacia la lava, sosteniendo los dos frentes, aunque con dificultad.
–Ahora sí no hay salida –dijo Shun, ya al borde del abismo.
–Fuerzas del fuego y la tierra ¡estallen ahora! –gritó la maga de nuevo, contemplando la escena con visible deleite. El volcán lanzó una erupción mucho más fuerte, y una enorme bola de fuego y lava cayó sobre los caballeros.
Entonces, el Cisne escuchó una voz desde lejos:
–¡Hyoga…!
–¿Maestro Camus?
–¿Cómo puedes dejarte vencer por un simple volcán? Eres el caballero de los hielos perpetuos, puedes vencer el fuego no importa cuanto pueda arder –respondió la voz.
Hyoga cobró ánimo y en lugar de sólo detener la lava, se dispuso a concentrar toda su energía en un poderoso golpe.
–¡Aurora Thunder Attack! –gritó con energía. Los vientos helados enfriaron la lava, petrificándola, congelaron la vegetación circundante e incluso alcanzaron a cubrir de hielo el cráter volcánico. El caballero del Cisne acabó exhausto, y cayó de rodillas.
–¡Hyoga! –exclamaron sus compañeros. Seiya y Shun corrieron a asistirlo.
–¡Ingenuos! –dijo la maga riéndose–. Sólo han logrado despertar a mi verdadero ejército.
Bajo la lava petrificada se escuchó de nuevo un estruendo. Las piedras salieron volando por todas partes, y ante los caballeros, impávidos, apareció un monstruo de lava, con forma humana, y de inmediato lanzó un golpe sobre ellos, arrojándoles una intensa llamarada. Pero ésta, se estrelló contra una defensa metálica.
–¡Shiryu! –gritaron los caballeros.
El caballero del Dragón se había interpuesto y, usando su escudo, protegió al Cisne, al Pegaso y a Andrómeda. Mas los estruendos no cesaban, y otros tres monstruos salieron de entre las rocas, rodeándolos, y lanzando cada uno una llamarada contra los costados y espalda de Shiryu, quien lanzó un alarido de dolor.
–¡No! ¡Shiryu! –gritaron los otros tres.
–¡El Dragón acabará en cenizas!¿Quién iba a decirlo? –decía la maga riendo con ironía.
En medio de las llamas que azotaban el cuerpo del caballero del Dragón, se dibujó la figura de un ave…

dclpz3 - October 15, 2006 06:26 PM (GMT)
V. Mazandere
El caballero del Fénix apareció en medio de las llamas, los espíritus del fuego lanzaron nuevas llamaradas, pero Ikki pudo evadirlas, y llevando a Shiryu en brazos se colocó en un risco más alto.
–¡Ho Yoku Ten Shoo! –clamó el Fénix.
–¡Qué iluso! –decía la maga–. Los seres de lava arden a una temperatura muy superior a sus fuerzas.
–¡Los monstruos ni siquiera se han inmutado! –advirtió temeroso Shun. En efecto, el mismo Ikki vio sorprendido que esta vez su técnica más poderosa no había dado ningún resultado y, en cambio, sus contrincantes lo rodeaban y envolvían en nuevas llamaradas que ni él podía detener.
–¡No es posible! –dijo Ikki, cayendo herido por la fuerza del fuego.
Ayudado por Seiya y por Shun, Hyoga se puso en pie.
–No podemos dejarnos vencer tan fácilmente… ¡Aurora… Thunder… Attack!
Por un segundo pareció que las llamas quedaban cubiertas por el hielo, pero los monstruos se liberaron de inmediato.
–Ikki, Shiryu, ¡salgan de ahí ahora! –exclamó Seiya. Aprovechando el instante, el Fénix y el Dragón se reunieron con sus compañeros en la orilla del precipicio.
–Ikki –dijo el Cisne–, debemos intentarlo de nuevo, al mismo tiempo.
No había terminado de decirlo cuando las llamas volvían a rodearlos, eran de un calor mucho más intenso que todas las anteriores, de varios miles de grados, y se elevaban a gran altura.
–Bien, parece que pronto habrán de rendirse –pensó la maga satisfecha; mas entonces se escucharon dos gritos procedentes del centro de las mismas llamas.
–¡Aurora execution!
–¡Ho Yoku Ten Shoo!
–¡Imposible! –gritó la maga. El ataque combinado de los dos caballeros dio resultado. Las llamas cedían ante la fuerza de las alas del Fénix y el aire helado proyectado por Hyoga. Los mismos espíritus del fuego se fueron congelando uno a uno, para luego estallar en mil pedazos.
En la ladera arrasada del volcán, el Sol que ascendía se reflejaba en el hielo dejado por los caballeros. El calor comenzaba a sentirse más intenso y se escuchaban los ruidos propios del bosque tropical: las aves, los monos, e incluso el rugido de un depredador desconocido. Siguieron avanzando por el sendero que, poco a poco, los internaba en la espesa selva. Hyoga iba al frente, abriendo el camino, Seiya llevaba en hombros a Shiryu y Shun a Ikki, quienes habían sufrido algunas quemaduras.
–Puedo escuchar el eco de una cascada –señaló Shiryu. En efecto, al poco rato se encontraron al pie de una bella catarata, formada por un río de gran caudal. Encontraron un puente colgante, endeble, pero suficiente para atravesarlo sin mayor problema.
–Reconozco que los he subestimado… –decía la maga pensativa–. Claro, ¿cómo no se me había ocurrido? se trata de cinco hombrecitos, y este hechizo es infalible con ellos.
Acercándose de nuevo a su hoguera, la maga alzó los brazos y ordenó:
–¡Esposas del espíritu creador!¡Mazandere! ¡Canten para ellos!
Los caballeros se habían detenido a curar sus heridas en el río.
–El sonido de esta cascada me recuerda mucho la de Rozan –comentó Shiryu.
En eso escucharon un extraño canto, cautivador, que provenía de la selva que tenían ante ellos. Como embelesados, los cinco se dirigieron hacia donde provenía la canción, pero habiendo avanzado unos cuantos pasos, a cada uno le pareció que provenía de direcciones distintas.
–No debemos separarnos, sino continuar de frente –advirtió Hyoga, tarde, pues al voltear a ver a sus compañeros se dio cuenta que todos habían desaparecido entre la espesa vegetación. En medio del follaje el caballero escuchó que algo se acercaba…
–¿Seiya?
Entonces se dejó caer en sus brazos una hermosa mujer de piel oscura, que lo abrazó y comenzó a acariciarlo por todo su cuerpo. Impresionado, el caballero se dejó caer sobre la maleza. La belleza, el aroma, el canto que entonaba la joven que tenía sobre él lo dominaban. Ella acercó su rostro con una mirada llena de malicia, a la que correspondió el caballero sonriendo…

VI. Mai Vedu
De repente, el semblante de la joven cambió, dejó de cantar y se quedó fría, congelada. El Cisne, a pesar del trance, presintió algo extraño y usó sus anillos de hielo para detenerla.
–¡No puede ser!– decía la maga perturbada y boquiabierta–, ¿acaso también tendrá congelada el alma?
Hyoga se levantó y buscó de inmediato a sus compañeros. Encontró a Seiya, también derribado por una hermosa mujer de larga cabellera y ya despojado de la armadura de Pegaso. A punto estaba de besarla, cuando Hyoga la lanzó contra un árbol con su aire congelado.
–¿Qué?¿qué sucede? –preguntó el Pegaso saliendo del hechizo.
–Seiya, estas ninfas parecen liberar las pasiones de los hombres con su canto y su belleza –respondió Hyoga sereno.
–¡Qué perspicaz el caballero! –dijo la mujer burlonamente y, esfumándose, completó:
–Pero nuestros besos pueden resultar mortales para cualquiera…
Los dos caballeros buscaron a los otros tres. Seiya encontró las partes sueltas de la armadura de Andrómeda, mismas que le permitieron llegar hasta Shun, quien estaba recostado en el regazo de una de las mazandere, con la mirada perdida, mientras ésta le acariciaba el cabello y levantaba su cabeza para besarlo. El Pegaso alejó a la mujer de su amigo con un golpe y siguió adelante mientras Shun se levantaba confundido. Encontró más adelante a Shiryu, también sin su armadura y desnudo del torso, abrazando emocionado a otra de las mujeres, pequeña, delgada, y también de cabellera larga, quien seguía cantándole al oído. “¡SunRei!” murmuraba el caballero del Dragón.
–¡Cuidado Shiryu! –advirtió Seiya lanzando su ataque contra la mujer.
En otro recodo de la selva, Hyoga lanzaba también sus anillos congelantes contra la última de las mazandere, en cuyos brazos estaba Ikki.
La maga emitía entonces una energía muy fuerte, un aura color rojo la iluminaba, estaba llena de furia observando la escena en su hoguera.
–¡Ingratos! ¡No habrían podido jamás recibir una muerte más dulce ni más apasionada! ¡No tendré más consideraciones con ustedes! –y arrojando un polvo extraño a su flama, lanzó un tercer hechizo:
–¡Mai Vedu! ¡Espíritus de la selva! ¡Destrúyanlos ahora mismo!
En silencio y algo avergonzados, los caballeros continuaron avanzando por la selva. Ésta se iba haciendo más y más espesa, haciendo que el sendero se perdiera. La vegetación impedía por momentos incluso el paso de la luz solar.
–No podemos seguir así –comentó Seiya–. Ya sé, veamos si por arriba es más fácil.
El Pegaso dio un salto tratando de alcanzar las copas de los árboles, pero al instante, un sinfín de lianas y hiedras salieron por doquier y apretaron los brazos, piernas y el cuello del caballero.
–¡Seiya! –exclamaron sus compañeros.
–¡Nebula Chain! –Shun lanzó su cadena liberando a Seiya, quien cayó al suelo. La cadena también quedó atrapada entre nuevas lianas, mas se liberó lanzando su choque eléctrico. Los caballeros se pusieron en guardia.
–Debemos seguir adelante –afirmó Ikki, pero cuando trataron de avanzar, vieron sorprendidos que los propios árboles se movían y les cerraban el paso.
–¡Imposible! –dijo Shun–. Parece que intentan atraparnos aquí.
–Unas simples plantas no podrán detenernos –aseveró Hyoga dispuesto a abrirse paso. Se acercaba a los árboles, dispuesto a lanzarles un golpe, cuando sintió que la vegetación se retiró un poco dejando ver bajo sus pies una trampa de arena en la que comenzó a hundirse con rapidez.
–¡Hyoga! –Shun lanzó su cadena para ayudar a su amigo, pero la fuerza de la succión lo jalaba también. Los otros tres caballeros tuvieron que ayudarlo para sacar al Cisne de la arena.
–Gracias… esta selva ha resultado más peligrosa que el mismo volcán.
–Pero no será suficiente para detenernos –dijo Seiya avanzando–. ¡Pegasus Ryu Sei Ken!
Los meteoros abrieron un camino entre los árboles. “¡Adelante!” dijeron todos corriendo por el espacio despejado, pero gruesas raíces salieron del suelo haciéndolos caer uno tras otro.
–¡Deprisa espíritus, acábenlos ya! ¡Duérmanlos con sus venenos legendarios! ¡Vuélvanlos parte de ustedes! –increpaba la maga con energía.
Las raíces se volvían tallos y ramas que envolvían a los caballeros de pies a cabeza, aprisionándolos y apretando lo más posible. Afiladas puntas se dirigieron hacia el cuello de cada uno, mas el Fénix gritó:
–Ya me cansé de todo esto ¡Ho Yoku Ten Sho!
Las alas del Fénix los liberaron y abrieron finalmente el paso, mostrando un poco más adelante una extensa sabana.
–Está visto que tendré que encargarme de ellos personalmente –concluyó la maga.

dclpz3 - October 17, 2006 02:59 PM (GMT)
VII. Dziva
Los caballeros recorrieron la extensa llanura a toda velocidad, siempre alertas, pero sin encontrar ningún obstáculo. Percibían claramente una energía cada vez mayor, pero distinta al cosmo de un caballero. Estaban cada vez más cerca. El paisaje iba tornándose más y más seco. Cerca del mediodía, dejaron atrás los últimos tramos de vegetación, para internarse en un desierto de dunas, donde su carrera levantaba una terrible tolvanera.
–Bien, ya están aquí –dijo la maga, siguiéndolos atentamente en su hoguera.
–¿Qué es eso?¿¡una tormenta de arena!? –advirtió Shun, sin detenerse.
–La energía procede del interior de ella –observó Ikki, respondiendo a su hermano.
–¿Será que ahí se ocultan los magos? –preguntó Shiryu.
–Vamos a averiguarlo –contestó Seiya adelantándose.
Se internaron sin dificultad en la tormenta, la atravesaron y vieron sorprendidos que ésta formaba una especie de muralla alrededor de un hermoso oasis. Detuvieron su marcha para contemplar el lugar. Había un estanque rodeado de palmeras y, al fondo, una extraña construcción de adobe: un palacio lleno de cúpulas, rodeado de una alta muralla del mismo material. Los caballeros se acercaron a una enorme puerta de madera, de apariencia antigua, cubierta con un extraño decorado, como un sol en figura de ave.
–Aquí debe ser –dijo Seiya tratando de abrir la puerta–. Está cerrada… bueno, abramos –continuó preparándose para derribarla.
–Espera Sei… –sugirió Shun, tarde, porque la puerta se abrió dejando caer a Seiya en la arena.
Una risa se alcanzó a escuchar, procedente del palacio. Seiya se levantó de inmediato y entraron todos puestos en guardia.
–Estemos alerta caballeros, el mago parece ser muy poderoso –recomendó Shun, observando la inquietud de su cadena.
La puerta se cerró tras ellos, se encontraron en un patio de arena, frente a una escalinata que servía de pórtico al palacio. Justo cuando estaban en el centro del patio, oyeron un extraño estruendo: un rayo cayó tras ellos y sobre la arena surgieron dos estelas de fuego, una de cada lado, rodeándolos, hasta reunirse frente a las escalinatas. Al cerrarse el círculo de llamas, una columna de fuego se elevó varios metros y un intenso brillo rojo descendió hasta posarse en la puerta misma del palacio. El fuego se abrió dejando ver a una bella mujer de piel oscura, ataviada con un vestido color rojo intenso, pegado al cuerpo, el cabello corto, casi a rape. Llevaba al cuello numerosos collares, en las muñecas pulseras, un anillo en el anular derecho, todos llenos de rubíes. Portaba, también en la mano derecha, una extraña vara de madera rojiza cuya punta tenía la forma de una rosa en botón.
–Bienvenidos caballeros –dijo la mujer.
–¿Cómo?¿Tú eres? –preguntó Seiya.
–¿No te esperabas que uno de los magos fuera mujer? Soy Dziva, la maga roja, ama del fuego y la tierra, de las pasiones y del presente. Y debería decir también que la causa de futura derrota.
–¡Espera! –gritó Shun–. Somos caballeros de Atenea, hemos venido desde el Santuario de Atenas, en Grecia, para buscar una cura a un extraño ataque que ha sufrido nuestra diosa.
–Sabemos que ustedes, los magos, conocen los secretos de toda curación, por eso hemos venido a pedir su ayuda –agregó Shiryu.
–Lástima, porque yo no puedo ayudarles –contestó ella.
–¿Qué? No es posible, ¿hemos venido hasta aquí para nada? –prorrumpió Seiya.
–Calma caballerito, mi hermano Iskandar, el mago blanco, sí podría ayudarlos.
–Entonces llévanos con él –exigió Ikki.
–¿Por qué habría de hacerlo? Mi deber es proteger estos dominios que ustedes han invadido. Además, para llegar allá, el camino es largo. El mago blanco habita el jardín de la paz, más allá de los dominios del mago azul. Y antes, desde luego, deberán derrotarme.
–Estamos dispuestos, prepárate Dziva –respondió Seiya lanzándose sobre ella–. ¡Pegasus Ryu Sei Ken!
–Ja ja ja ja ¿esto es el meteoro del Pegaso? – Dziva alzó su vara hacia Seiya y su brillo rojo se intensificó–. ¡Pasiones ocultas!
Un rayo rojo salió de la punta de la vara, detuvo el avance del caballero, lo atravesó por el casco, lanzándolo sobre la arena y, dividiéndose en cuatro rayos más, atravesó también las cabezas de sus compañeros.
–¿Qué…?¿qué es esto? –preguntó Shiryu cayendo de rodillas en la arena, sosteniendo su cabeza con ambas manos y con expresión de un intenso dolor.
–Siento como si algo ardiera intensamente en mi cabeza –dijo Shun.
–Es un calor terrible –agregó Seiya.
–Ese, caballeritos, es el fuego de las pasiones más ardientes –afirmó la maga con aire de suficiencia–. Les consumirá parte de sus cerebros en pocos minutos y los transformará en animales rabiosos, dejando ver su verdadero ser. Revelarán su personalidad negada por la devoción a su diosa, a pesar de sus jóvenes años. Se entregarán entonces a sus más bajos instintos; dejarán atrás todas sus represiones, sus prejuicios y tabúes; harán realidad sus tentaciones más carnales, olvidando todo lo que hace de ustedes falsedad e hipocresía. Será, una experiencia liberadora… ¿Qué harán primero? ¿Volverán a los brazos de las mazandere que dejaron atrás? Esto será interesante.
Los caballeros seguían doliéndose sobre la arena, rodeados por el fuego, a los pies de la maga.

VIII. Fuego y hielo
Dziva, segura de su victoria, se disponía a entrar en su palacio para seguir desde su hoguera a los caballeros. Les dio la espalda, pero, en ese mismo instante percibió claramente como la energía casi extinta de uno de ellos se recobraba. Volteó y vio incrédula cómo Hyoga, débil por sus anteriores combates, hacía un enorme esfuerzo por incorporarse y, sin decir palabra, se preparó para lanzar el polvo de diamante.
–¿Cómo es que no te ha afectado mi hechizo? –inquirió la maga.
–Ningún fuego puede dañar a un caballero de los hielos –respondió el Cisne, a punto de soltar su golpe, cuando repentinamente fue derribado por la espalda.
–¡Ikki!
El Fénix, con los ojos encendidos y desorbitados, fuera de sí, había asestado un fuerte golpe a su compañero, se echó sobre él y alzando nuevamente su puño, parecía dispuesto a acabarlo.
–Claro –reflexionó Dziva con una sonrisa–. La pasión oculta del Fénix es la violencia. Hasta aquí la había dominado, pero ahora que está bajo los efectos de mi hechizo nada evitará que se convierta en un simple asesino por placer.
Dziva dio de nuevo la espalda a los caballeros y se dirigió tranquila hacia su palacio.
Hyoga evitó con dificultad el golpe de Ikki, que iba directo contra su cabeza, pero no pudo quitárselo de encima. El Fénix alzaba nuevamente su puño, Hyoga no pudo sino cerrar los ojos y tratar de encender su cosmo, mas pudo escuchar que un ruido metálico detuvo el golpe.
–¡Great capture! –la cadena de Andrómeda sujetó al enloquecido Ikki–. Hyoga, sigue… sigue adelante por favor –balbuceó Shun, que seguía peleando contra los efectos del hechizo.
Hyoga se incorporó de nuevo y sin mayor dilación gritó: –¡Diamond Dust!
Dziva reaccionó levantando su vara con ambas manos sobre su cabeza. El botón de rosa de la punta pareció volverse real y abrirse dejando caer una lluvia de pétalos.
–¡Pétalos ardientes! –respondió haciendo brillar el aura que la rodeaba.
Los pétalos fundían el polvo de diamante a su paso, y aunque Hyoga trató de evitarlos cruzando los brazos hacia el frente, le causaron quemaduras en las manos, en la cara, e incluso quemaron el vendaje de su herida del ojo. El Cisne lanzó un alarido de dolor, cayendo de nuevo en la arena.
–¡Iluso! Estos pétalos caerán sobre ti y te quemarán hasta tu muerte Cisne.
–He superado rivales muy superiores maga, no serás tú la que me venza –dijo Hyoga incorporándose de nuevo. Tambaleándose, alcanzó a sostenerse y levantar ambos brazos en alto. La maga, sorprendida, intensificó su ataque.
–¡Pétalos ardientes!
–¡Aurora Execution!
Por un instante la energía de los pétalos de fuego y la del viento helado estuvieron en perfecto equilibrio, quedando ambas detenidas justo a media distancia entre los dos combatientes. Pero, poco a poco, la técnica del Cisne empezó a ganar terreno, hasta que finalmente las lenguas de fuego se congelaron y la corriente gélida alcanzó incluso la punta de la vara de Dziva.
Al ver lo que pasaba la maga cambió su semblante, sus ojos se volvieron de un color rojo encendido, frunció el ceño, y su energía brilló mucho más que antes
–¡Explosión…!
–¡Cinco hechizos hermana! –dijo entonces una voz proyectada desde lejos.
–¿Qué?
–Sí, dijiste cinco hechizos, y ya los has lanzado todos. Ahora es mi turno, déjalos pasar –continuó la voz.
La maga cambió de nuevo su expresión, bajo su vara, ordenó a las llamas del círculo de fuego que se extinguieran y, riendo jubilosa, se acercó a los caballeros. Cuando estuvo junto a Hyoga, que había caído de rodillas extenuado, dijo:
–Caballerito –acariciando su rostro–, de verdad eres frío y cautivador, me da gusto que tú me hayas vencido –y colocándole un nuevo vendaje sobre su rostro continuó:
–Vete ahora y llévate a tus amigos.
–¿Cómo? –respondió Hyoga aturdido.
–Sí –siguió Dziva mientras tocaba a cada uno de los otros caballeros para librarlos de su hechizo–. Están libres de atravesar mis dominios. Vayan hacia las montañas de piedra que se divisan saliendo de este oasis, al otro lado comienzan los dominios del mago azul. También a él deberán derrotarlo antes que acepte mostrarles el camino del jardín de la paz.
Dicho esto, la maga volvió a ascender las escalinatas de su palacio y se esfumó al mismo tiempo que se extinguían sus últimas llamas. Los otros caballeros comenzaban a recuperarse, Shun retiró sus cadenas para liberar a su hermano.
–¿Qué ha sucedido? –preguntó Ikki confundido.
–La maga nos deja pasar –contestó Hyoga ayudándolo a incorporarse–. Vamos, debemos seguir adelante.

dclpz3 - October 23, 2006 04:14 PM (GMT)
IX. Recuerdos
Las puertas del palacio de Dziva volvieron a abrirse para dejar salir a los caballeros. Éstos, siguieron adelante, guiados por Hyoga. Atravesaron el desierto a toda velocidad y dando saltos espectaculares, comenzaron a ascender los riscos de las montañas que les señaló la maga. Una vez en la cima, se detuvieron un segundo ante el espectacular paisaje.
–Miren –señaló Shun–, desde aquí puede divisarse toda la isla.
–Es una vista maravillosa –confirmó Seiya refiriéndose a la sabana, la selva y el volcán que habían dejado atrás, así como a las playas que rodeaban la isla.
–Pero ante nosotros el paisaje es algo más inquietante –apuntó Ikki.
En efecto, tenían ante ellos un bosque que cubría la otra vertiente de las montañas, al fondo, el valle estaba completamente oculto por una densa y extraña niebla, extraña, pues adquiría un peculiar tono azul.
–No perdamos el tiempo, sigamos –dijo Shiryu comenzando el descenso.
El mago los observaba a través de su espejo de agua. Llevaba en sus manos un enorme y antiguo libro, que hojeaba rápidamente, como buscando algo.
–Tanto tiempo ha pasado, pero lo que bien se aprende… El error de mi hermana fue dejarlos juntos, tienen una fuerza de voluntad poco común, se respaldan unos a otros, incluso el Fénix, que se pretende fuerte e independiente. ¡Ah! aquí está.
Los caballeros bajaron de las rocas y se internaron en el bosque de niebla. Llegaron al valle sin encontrar obstáculo alguno.
–La niebla parece hacerse más densa aquí –advirtió Ikki, pero al voltear a ver a sus compañeros, no alcanzó a ver a nadie–. Qué extraño, veníamos casi juntos –pensó el Fénix frunciendo el ceño y poniéndose en guardia.
–Los seres humanos estamos hechos de recuerdos –seguía pensando el mago mientras observaba atentamente los movimientos de los caballeros–. No somos sino lo que hemos venido siendo, ¿podrán ustedes escapar a sus propios recuerdos? Sería pedirles que dejaran un poco de ustedes mismos, que murieran parcialmente. Veamos si son capaces de domar a su propia memoria.
El mago alzó sus brazos ante el espejo de agua, y conjuró con un clamor doloroso:
–¡Pobres ánimas a la deriva! ¡Pobres almas que yacen en el fondo de la Estigia! Lloraban bajo el sol resplandeciente, y ahora lo hacen en un río de lágrimas. Vengan aquí, queridos espíritus errantes, como las mariposas que retornan en primavera. ¡Cæruli papiliones! –una especie de fantasmas comenzaron a rodear al mago, poco a poco adquirieron la forma de mariposas de alas color azul pálido, el mago continuó con el conjuro–. Ánimas desconsoladas infinitamente por el desaliento de una vida perdida, particípenles sus sentimientos, muéstrenles de su propia memoria las imágenes que paralicen sus corazones para siempre.
Las mariposas, que ya sumaban varios centenares que revoloteaban por doquier, se dirigieron hacia el espejo del agua y se perdieron en el reflejo.
El Fénix advirtió un ruido tras él, volteó de inmediato, y en ese instante, una mariposa apareció de la nada, se posó en su casco y se disolvió. Ikki no podía creer lo que veía, corriendo hacia él venía una chica que reconoció de inmediato.
–¡No es posible! ¡Esmeralda!
–¡Ikki, cuidado! –respondió ella.
El caballero se dio vuelta y vio sorprendido que no llevaba puesta su armadura, estaba herido y ante su antiguo instructor. El paisaje también había cambiado: estaba en la isla de la Reina Muerte. En el mismo momento, su maestro lanzó un golpe que lo derribó y alcanzó a la joven en el pecho.
–¡Esmeralda! –volvió a gritar, lanzándose para alcanzar a la joven. La sostuvo en sus brazos y la estrechó contra sí gritando de nuevo su nombre.
–Ikki, haz que el Fénix despliegue sus alas, Ikki… por favor –fueron las últimas palabras de ella.
Ikki no pudo levantarse, lloraba amargamente la muerte de su amada, la tristeza lo dominaba, y el instante parecía prolongarse de manera indefinida, como si el tiempo no pasara.
–El Ave Fénix, el que vuelve del más allá a su voluntad, ha quedado dominado por la tristeza que albergaba en su memoria. Lleva ya dos horas postrado por el dolor de su corazón, es tiempo de ocuparse del resto… –decía el mago satisfecho.
Seiya seguía avanzando entre los árboles del bosque de niebla, se había quedado solo desde hacía un rato, estaba alerta ante cualquier peligro.
–Este bosque debe estar bajo el efecto de un hechizo del mago… tengo la impresión de que nos ha estado observando desde que bajamos de las montañas –pensaba el Pegaso. En eso, se escuchó un ruido en el follaje. Seiya se detuvo, se puso en guardia, pero no percibía nada, sólo podía distinguir los árboles en la bruma, árboles cuyas hojas, ramas y troncos estaban completamente cubiertos de mariposas.
En ese momento uno de los insectos levantó el vuelto, se lanzó contra el casco del Pegaso y se disolvió sin dejar rastro. Seiya alcanzó a percibirlo y volteó, escuchando una voz que lo llamaba con desesperación.
–¡Seiya! ¡Seiya! –repetía una jovencita corriendo hacia él.
–Se… ¡Imposible! ¡Seika!
Alguien jalaba al caballero por la espalda y lo levantaba sin que pudiera hacer nada.
–¡Déjenme!¡Suéltenme!¡Seika!
–Cálmate niño, no nos obligues a usar la fuerza.
Seiya se dio cuenta de que, efectivamente, era de nuevo un niño, estaba siendo llevado del orfanato donde creció a la mansión Kido por dos guaruras de la fundación, que lo arrojaron dentro de su vehículo sin dejarlo siquiera despedirse de Seika.
–¡Hermana! –siguió gritando él.
–¡Seiya! –gritaba también ella corriendo detrás del auto hasta tropezar y caer. Todo se detuvo entonces, ambos seguían gritando y llorando, detenidos en ese instante como si el tiempo no corriese; pero lo hacía, pues Seiya podía sentir que se agolpaban en su mente los recuerdos, hasta los más mínimos, de su vida con su querida hermana aumentando el dolor que sentía.
–El invencible caballero que derrota dioses no podrá vencer la triste memoria de su hermana –sentenció el mago, viendo al Pegaso llorando en medio del bosque. Los otros han caído igual.
En el espejo el mago podía ver a los cinco caballeros en diversos puntos del valle. En efecto, Shiryu, Hyoga y Shun habían encontrado también a una de las mariposas azules.
–No, no percibo nada, ¡¿dónde están?! ¿Seiya? –preguntaba el caballero del Dragón con desesperación, sintiéndose perdido en un abismo oscuro.
–Qué pena, el caballero que puede invertir el curso de una cascada ha caído derrotado por el recuerdo de una pesadilla recurrente de cuando recién perdió la vista… Y el Cisne… claro…
Hyoga también estaba tendido en el suelo extendiendo la mano como queriendo alcanzar a alguien, llamando a su madre sin cesar. Estaba de nuevo ahí, en el bote que lo libró del naufragio, viendo cómo se hundía en el gélido mar siberiano el barco en que él y su madre viajarían a Japón.
–Y si Ikki, que es fuerte, llora la perdida de Esmeralda, Shun, su hermano, debe estar… sí, así es.
–¡Hermano! ¡Hermano! –gritaba Shun desconsolado, reviviendo, como esperaba el mago, su separación de Ikki cuando partió hacia la isla de Andrómeda.
–Iskandar, Dziva, creo que podemos irnos ya, las mariposas azules se han ocupado de ellos, no podrán escapar de sus propios recuerdos, no podrán huir de sí mismos –dijo finalmente el mago.

X. Ilusiones
–No cantes victoria tan rápido –advirtió Dziva–. Creo que se te perdió un ave, un Ave Fénix.
El mago volteó a ver su espejo de agua, efectivamente, Ikki había desaparecido.
–Tal vez lo subestimé… –pensó juntando sus manos en actitud reflexiva–. La tristeza no ha logrado vencerlo, y viene hacia aquí, habrá que detenerlo.
Un extraño viento sopló alrededor del mago, sus ojos se tornaron color azul brillante, y de nueva cuenta fantasmas blancos flotaban a su alrededor. Alzó los brazos y conjuró de nuevo:
–¡Pobres almas vagantes que salieron de sus cuerpos en un sueño y perdieron el camino en una noche de tormenta! ¡Pobres espíritus errantes a los pies del Monte de las Ánimas! Revolotean sin poder volver ni entrar en él. Vengan aquí mariposas teñidas del color de sus más oscuras fantasías. ¡Nigri papiliones! Desconsoladas infinitamente por el desaliento de una muerte perdida, particípenles sus sentimientos, busquen en sus sueños las imágenes que paralicen sus corazones eternamente –los espíritus se transformaron en una nube de mariposas negras que atravesó el espejo de agua.
En medio del bosque cubierto de niebla algo cayó desde lo alto a gran velocidad, rompiendo las ramas de los árboles, haciendo escuchar un fuerte estruendo por todo el valle.
–¿Qué diablos fue eso? –preguntó el Fénix incorporándose–. ¡Cobarde! –gritó–¡¿Cómo te atreves a jugar con los sentimientos de la gente?! ¡Muéstrate y pelea!
Una nube de mariposas negras rodeó a Ikki, revoloteando en torno a él.
–Así que esto fue lo que me atacó –pensó el caballero con una sonrisa irónica–. ¡Fuera de aquí!
Ikki encendió su cosmo lanzando a las mariposas contra los árboles. Todo quedó en silencio; en medio de la espesa niebla nada alcanzaba a percibirse. Pero entonces se escuchó el crujir de una rama seca que se quebraba. El Fénix reaccionó inmediatamente lanzando un poderoso golpe en esa dirección. Un grito de dolor se escuchó por todo el bosque. El Fénix, cambió su semblante y se dirigió a toda prisa hacia el lugar de donde provino el grito. Y encontró lo que temía.
–¡Shun! ¡No, no puede ser! –gritó desesperado. El cuerpo de su hermano yacía sobre la vegetación ante él.
–Sí Ikki, ahí lo tienes, has matado a tu propio hermano. Disfruta el momento, porque puede que te dure para siempre –dijo el mago observando la escena.
–¿Ikki? –preguntó Shiryu desde otro recodo del bosque. Había alcanzado a escuchar el grito de su compañero, y comenzaba a superar el trance del hechizo.
Seiya también empezaba a despertar del trance. Bajó la mano que trataba de alcanzar a Seika, y en su esfuerzo por cobrar ánimo se dio vuelta, de inmediato la ilusión desapareció.
–Así que el Dragón y el Pegaso despiertan. Lástima, yo esperaba que llorarían en este bosque eternamente, jugaremos un poco más, pero creo que será mejor encerrar sus almas en este bosque…
El mago interrumpió sus pensamientos al ver que Ikki se levantaba:
–¡Cobarde! No me engañarás de nuevo con tus ilusiones.
–No es una ilusión caballero –dijo el mago proyectando su voz hasta donde estaba el Fénix–. Mi hechizo simplemente puede hacer realidad una de tus peores pesadillas e intensificar el dolor que te causa.
–¡Qué! No te perdonaré lo que has hecho –respondió el caballero poniéndose en guardia.
–Yo no he hecho nada Ikki –continuó el mago–. Estos son tus recuerdos, tus sueños, tus temores. Tú deberías comprenderlo bien, pues es un poco como tus propios ataques. Pero supongo que no te rendirás ¿verdad?
–Claro que no –contestó esbozando una sonrisa–. Puedes haber hecho que hiriera a Shun, pero no lograrás que me rinda, seguiré peleando hasta el fin.
–Primero creo que deberías enfrentarte a tí mismo: ¡Speculum aerumnae!
A unos metros frente a Ikki se materializó un extraño espejo, de cuerpo completo, donde pudo ver su reflejo. Se acercó lentamente, y conforme lo hacía, la imagen comenzó a cambiar. Los guanteletes del Fénix comenzaron a chorrear sangre, alrededor del caballero comenzaron a aparecer una veintena de espectros furiosos, extrañas voces procedentes del mismo espejo comenzaron a gritar: “¡Asesino! ¡Desalmado! ¡Traidor!” El Fénix no se detuvo, cerró sus ojos, sentía que sus manos estaban, efectivamente, llenas de sangre, sentía la presencia de los fantasmas a su alrededor, como lo había visto en el espejo, pero se limitó a avanzar hasta estar justo frente a éste.
–Te he dicho que tus ilusiones no pueden hacerme nada –sentenció lanzando un golpe contra el espejo. Antes que su puño estrellara el espejo, éste desapareció.
–Bien, veo que el reflejo más oscuro de tu alma no te atormenta –señaló el mago, cuya voz se escuchaba más cerca, a espaldas del caballero. Ikki volteó y ordenó:
–¡Muéstrate ahora mismo!
Un extraño viento comenzó a mover la niebla y, suspendido en el aire, apareció la figura de un hombre alto y delgado, extremadamente delgado. La niebla comenzó a dispersarse por lo que el Fénix pudo ver que el mago era blanco, rubio y de ojos azules, vestido de manera medieval, cubierto hasta los pies por una túnica y una especie de abrigo color azul índigo, luciendo un anillo de amatista en la mano derecha, en la que portaba además una vara cuya punta parecía ser una flor de lys.
–Caballero del Fénix, soy Maestus de Pelagus, el mago azul.
–¡Ahora verás lo que es una ilusión!¡Phoenix Gen Ma Ken!
–Muri Montsalvatis –dijo el mago tranquilamente.
El puño de Ikki se detuvo a un metro del mago, estrellándose contra una extraña pared azul traslúcida.
–Fénix, esta es la impenetrable muralla del castillo de Montsalvat, un legendario lugar, inundado de melancolía por la herida de su soberano. Nada puede traspasarla por el exterior, pero en cambio, yo puedo lanzar mis hechizos a través de ella. ¡Carcer animarum!
El mago dirigió su vara hacia el caballero, la flor de lys se abrió y un rayo azul pasó a través de la muralla y luego por el corazón de Ikki arrojándolo al suelo. De la boca de Ikki, tendido en el suelo, salió su espíritu, que se convirtió en una mariposa color rojo intenso, que apenas emprendió el vuelo, quedó atrapada en una esfera azul.


dclpz3 - October 25, 2006 02:58 PM (GMT)
XI. Ánimas prisioneras
–Este era el caballero más fuerte de los cinco, no habrá problema ahora con los otros cuatro… Parece que tus compañeros han despertado, pronto tendrás compañía Fénix –decía Maestus sosteniendo la esfera azul en su mano izquierda.
Seiya se había levantado finalmente y avanzaba con cierta dificultad entre los árboles, entonces alcanzó a ver entre la niebla que alguien se le acercaba a gran velocidad.
–¿Shiryu? ¿eres tú? –preguntó divisando la figura de su compañero.
–¡Rozan Sho Ryu Ha!
–¿Qué? pero Shi…
Seiya no entendía porque su amigo se dirigía contra él con su golpe más poderoso. Sorprendido, no supo más que cruzar sus brazos ante sí. El ataque del Dragón lanzó una energía tal, que iluminó el bosque y derribó varios árboles, obligando a Seiya a agacharse para evitarlo. Junto con los árboles, cayeron en torno al Pegaso numerosas mariposas negras.
–Seiya, ¿estás bien? –dijo Shiryu ayudando a su amigo a incorporarse.
–Gracias Shiryu, este bosque ha resultado más peligro de lo que esperábamos, debemos estar alerta.
–Debemos seguir adelante, estoy preocupado, no percibo el cosmo de los demás.
–Nuestros amigos son fuertes Shiryu, estoy seguro de que están bien.
Continuaron avanzando por el bosque de niebla, despacio y muy alertas ante cualquier movimiento entre el follaje. Pocos minutos más tarde llegaron a un claro del bosque.
–Shiryu, allá adelante alcanzo a ver algo, vamos.
Avanzaron a prisa, y para sorpresa de ambos, lo que Seiya había visto eran dos cuerpos tendidos sobre el pasto:
–¡Shun! ¡Ikki! ¡No puede ser! –gritó Seiya al ver la escena.
–El mago que vigila este bosque es muy poderoso para haber acabado con dos de nosotros –señaló Shiryu.
–De hecho, no fue tan complicado caballero –dijo Maestus apareciendo de nuevo suspendido entre la niebla.
–¿Tú hiciste esto?¿tú mataste a Shun y a Ikki? –increpó Seiya con actitud retadora.
–Ellos y ustedes han invadido este bosque, que debo defender a toda costa, su destino será el mismo que el de ellos.
–Vengaremos la muerte de nuestros amigos y seguiremos adelante, no te perdonaremos esto –sentenció Shiryu.
El cosmo de los dos caballeros se encendió con furia, y lanzaron simultáneamente sus ataques.
–¡Rozan Sho Ryu Ha!
–¡Pegasus Ryu Sei Ken!
Los meteoros y el Dragón se estrellaron contra el muro del mago.
–¡Qué! ¡No es posible! –exclamaron los caballeros, retrocediendo por la fuerza del impacto.
–No se esfuercen caballeros, este es el indestructible muro de Montsalvat, nada pueden hacer contra él.
Maestus alzó ambos brazos y levantó su vara, al instante el muro comenzó a extenderse más y más por ambos lados como si fuera a rodear a los caballeros, quienes veían sorprendidos que estaban siendo atrapados. Seiya se dispuso a atacar de nuevo.
–Pegasus…
–Espera Seiya, déjamelo a mí –dijo Shiryu deteniendo a su amigo.
El caballero del Dragón avanzó unos pasos ante su enemigo y alzó el brazo derecho.
–¡Mago azul! Tu muro podrá ser fuerte, pero nada detiene el ataque de la poderosa ¡Espada Excalibur!
La brillante energía de Shiryu cortó el aire… y se estrelló contra el muro azul sin hacerle un rasguño.
–Bien, sigo esperando Dragón, ¿dónde está tu poderosa espada?
Shiryu, jadeante y desesperado, levantó de nuevo su brazo e insistió:
–¡Espada Excalibur!
La espada brilló mucho más que antes y abrió una grieta en el suelo, durante varios minutos su fuerza parecía que iba a vencer el muro, que seguía avanzando para cercar a los caballeros, pero de nuevo, nada pasó.
–Shiryu, debemos salir de aquí –advirtió Seiya jalando a su compañero para evitar quedar atrapados por el muro.
–Muri Montsalvatis –dijo Maestus levantando de nuevo los brazos, acelerando el avance de su muralla.
Seiya y Shiryu corrieron hacia el espacio libre, el muro se cerraba a gran velocidad, se lanzaron de un salto a través de aquél, y en ese mismo instante los dos extremos del muro que se cerraba los atraparon, haciendo fuerte presión contra ellos y haciendo también que lanzaran alaridos de dolor.
–Creo que será mejor darles una despedida más tranquila… ¡Carcer animarum!
La flor de lys de la vara del mago se abrió de nuevo, y lanzó un rayo doble que, atravesando la muralla, fue a dar por la espalda contra Seiya y Shiryu, al tocarlos, expiraron, y sus espíritus salieron por sus bocas transformándose en dos mariposas azules, que quedaron atrapadas al instante en dos esferas que flotaron hacia el mago. La muralla cedió, dejando caer los cuerpos de los dos caballeros.
En otro recodo del bosque Hyoga, todavía estaba afectado por el hechizo de la mariposa azul: veía a su madre en el buque que se hundía, y la llamaba incansablemente, pero los gritos de Shiryu y Seiya llegaron hasta el caballero del Cisne, desviando su atención por un instante, lo suficiente para que despertara. Se incorporó, sorprendido por lo que había pasado, y preocupado por lo que había sentido.
–¿Seiya? ¿Shiryu? –preguntaba todavía aturdido.
–Despertó el último, pero no durará mucho –pensó el mago.
–No estés tan seguro hermanito… –dijo Dziva desde su castillo–. El Cisne es más fuerte de lo que crees.
–Sólo es fuerte en apariencia Dziva, ha aprendido a dominar sus pasiones, pero como puedes ver, necesitó la ayuda de sus amigos para superar su tristeza, y no creo que sea capaz de enfrentarse a la parte oscura de su propia alma.
Hyoga empezó a caminar por el bosque, alerta, y preocupado por no percibir la energía de sus amigos. De repente, algo comenzó a divisarse entre la niebla, el Cisne se fue acercando…
–¿Qué es eso? ¿Un… un espejo?
En efecto, un enorme espejo apareció ante Hyoga, dejándole ver su reflejo, pero conforme se aproximaba, éste comenzó a cambiar: a su espalda aparecieron tres figuras, que el caballero identificó de inmediato, Camus de Acuario, Cristal e Isaac de Kraken. El Cisne se dio vuelta, comenzó a escuchar en su mente una acusación tras otra: “¡Eras mi hermano! ¡Eras mi alumno!” Y otra voz repetía: “¡Tú mataste a tus seres queridos! ¡Parricida! ¡Traidor!”
El caballero se llevó las manos a la cabeza:
–¡No! ¡Maestro! ¡Camus! ¡Isaac!
Hyoga no pudo soportar el reproche, y cayó de rodillas. Un rayo azul salió del espejo y atravesó al caballero por la espalda, su cuerpo quedó tendido en el follaje y una mariposa blanca salió de su boca quedando atrapada en una esfera azul. El espejo desapareció, dejando ver tras él los cuerpos de los otros cuatro caballeros.

dclpz3 - October 26, 2006 02:59 PM (GMT)
XII. Promesas
Shun, aunque inconsciente por el golpe de Ikki, lloraba desconsolado y seguía repitiendo en su sueño el instante de su separación de su hermano, en eso, alcanzó a escuchar una voz que le resultó familiar y un nombre comenzó a formarse en su pensamiento: ¡Hyoga! El sólo pensar en su amigo bastó para romper el hechizo, y haciendo nuevos esfuerzos volvió en sí y comenzó a incorporarse recordando a sus amigos, en su hermano, en Saori. Al abrir los ojos y voltear a su alrededor, quedó impresionado por la visión.
–¡Hermano!¡Hyoga!¡Seiya!¡Shiryu! ¡No! ¡No puede ser! –se inclinó llorando sobre el cuerpo de su hermano y lo estrechó contra sí tratando de escuchar el latido de su corazón, pero no pudo percibir nada–. ¿Cómo es posible? Yo… yo debí estar aquí y ayudarles… no pude hacer nada…
En ese instante, sin que hubiera salido de ese pensamiento, su cadena reaccionó, rápidamente encendió su cosmo, lo hizo brillar como pocas veces, y un centenar de mariposas negras cayeron muertas a su alrededor. Dejando a Ikki sobre el follaje, se levantó secando sus lágrimas:
–Ahora debo ser fuerte, no puedo caer aquí, debo vengar la muerte de mi hermano y mis amigos, ahora debo luchar como un hombre como me dijo Ikki en la casa de Virgo. ¡Mago azul, yo te encontraré y venceré donde quiera que te ocultes! –mientras hablaba, la cadena de Andrómeda se extendía más y más formando la galaxia de su nombre, y comenzó a desprender un fuerte torrente de energía, el cosmo de Shun brillaba a su máxima potencia–. ¡La cadena de Andrómeda te encontrará y te vencerá!–advirtió finalmente.
La cadena, en efecto, se lanzó en todas direcciones, perdiéndose de vista en medio de la niebla. De repente, las cadenas que se dirigieron hacia el frente se detuvieron tras recorrer apenas unos metros, un segundo después fueron cayendo al suelo, seguidas progresivamente de todas las demás. Shun, sorprendido y atemorizado, vio que se materializaba ahí un enorme espejo oscuro.
–¿Qué es esto…? ¿Será que este espejo conduce al mago azul? –pensó acercándose.
Estando a unos pasos, Shun comenzó a reflejarse en el espejo, apenas se había delineado por completo cuando éste se quebró por la mitad, para luego romperse en mil pedazos que salieron volando por doquier.
–¡Imposible! ¡No puede ser! –exclamaba Maestus contemplando la escena desde su castillo–. El espejo debería atormentarlo con el reflejo del lado más oscuro de su alma, ¿por qué se ha roto? –pensativo, comenzó a cavilar–. ¿Acaso el caballero de Andrómeda no oculta nada en su corazón? No, ha cometido varios asesinatos y está lleno de remordimientos, algo de eso debió haber aparecido en su reflejo. Entonces, ¿acaso será que hay algo más? Es el caballero de apariencia más inocente y débil, pero ¿acaso hay algo más que oculta? ¿Habrá en su alma algo tan terrible que estuvo más allá de la capacidad del espejo para reflejarlo? En cualquier caso, habrá que acabar con él.
Asombrado también, Shun dudaba entre seguir avanzando por el bosque o volver a lanzar su cadena, que había recuperado su poder, para buscar al mago.
–Hermano, amigos, les prometo que vengaré sus muertes.
–No prometas algo que no puedes cumplir caballerito –dijo Maestus reapareciendo entre la niebla.
–¿Quién eres tú? –preguntó Shun.
–El mago azul, caballerito. Soy Maestus de Pelagus, el mago del agua y del aire, señor de los sentimientos tristes y del tiempo pasado.
–Entonces tú mataste a mi hermano y a mis amigos.
–Bueno, de hecho, sólo apresé sus almas en estas esferas –respondió el mago haciendo flotar a su alrededor las cuatro esferas con una mariposa en cada una–. Creo que es un castigo justo por haber perturbado la tranquilidad de este bosque.
–Pero nosotros sólo veníamos a pedir su ayuda para salvar a nuestra diosa, Atenea, quien ha caído víctima de un extraño veneno que la tiene al borde de la muerte, ¿cómo pueden ustedes respondernos así? –reclamó Shun.
–¿Una diosa?… Si lo fuera realmente no necesitaría la ayuda de ningún mortal, ni siquiera de un mago. Pero bueno, lo importante aquí es que tú también has perturbado la paz de este bosque, y a pesar de mis intentos de detenerte pacíficamente parece que intentas ahora vengar a tus compañeros, te doy ahora una última oportunidad para que te retires.
–¡Nunca! –contestó el caballero decidido y encendiendo su cosmo–. No podría dejar a mi hermano y a mis amigos aquí. Si para liberar sus almas debo derrotarte, esta vez no dudaré en combatir. Recibe el poder del caballero de la constelación de Andrómeda ¡Thunderwave!
La cadena se lanzó contra el mago en zigzag a gran velocidad, pero se estrelló contra su muro defensivo, Maestus sonrió.
–Caballero, esta es la muralla del castillo de Montsalvat, es absolutamente impenetrable desde el exterior, pero como le advertí a tu hermano, yo sí puedo lanzar mis hechizos a través de ella.
Y dirigiendo su vara hacia el caballero agregó:
–Únete a tus amigos. ¡Carcer animarum!
–Rolling defense –contestó Shun, y el rayo del mago fue rechazado por las cadenas que lo protegían.
–Maestus: voy a derribar tu muralla y liberar las almas que tienes prisioneras.
–Vaya, sabes defenderte –dijo el mago sonriendo de nuevo–. Pero te repito que este muro es imbatible por el exterior, de hecho, si lograras lo que me dices, yo te dejaría pasar libremente por este bosque.
Sin decir más, Shun se lanzó de frente contra el muro, de un salto se elevó hasta el mismo nivel del mago, parecía que iba a golpear de frente, pero en vez de eso, levantó su brazo derecho hacia arriba.
–¡Thunderwave! –gritó de nuevo el caballero y la cadena comenzó a elevarse hacia el cielo.
El mago cambió su expresión, sus ojos comenzaron a brillar con un color azul intenso.
–¡Insensato! La muralla es infranqueable. ¡Muri montsalvatis! –y levantando ambos brazos, el muro comenzó también a elevarse a una velocidad vertiginosa. Mas entonces se escuchó como si algo se quebrara, el mago bajó la vista: aprovechando su distracción, la cadena defensiva de Shun había avanzado por debajo de la muralla y la había golpeado por su cara interior hasta estrellarla.

dclpz3 - October 27, 2006 02:44 PM (GMT)
XIII. Dos tormentas
Maestus bajó los brazos. Shun sonreía, orgulloso de su victoria. La fisura de la muralla se extendió, ahora estaba completamente resquebrajada en mil pedazos. El caballero de Andrómeda descendía con agilidad sobre el follaje, el mago inclinó su vara, cuya punta brilló un instante tocando el muro cuarteado, y entonces los afilados pedazos salieron volando en dirección hacia Shun.
–¡Rolling Defense! –alcanzó a gritar el caballero jalando sus cadenas. Sin embargo, varios de los fragmentos alcanzaron a provocarle heridas y a desprender trozos de su armadura y sus cadenas, siendo arrojado contra los árboles por el impulso de la explosión.
–Debo reconocer que no me esperaba que tú fueras capaz de encontrar el punto débil de este hechizo. Cumpliré mi palabra: puedes marcharte, sigue con tu búsqueda, pero te advierto que no podrás encontrar la entrada de los dominios del mago blanco sino hasta el amanecer.
Tambaleante por sus heridas, Shun se levantó.
–No. Antes libera a mi hermano y a mis amigos.
Sin contestar, el mago comenzó a esfumarse entre la niebla llevándose las cuatro esferas.
–¡No! ¡Espera! –reclamó Shun, tratando de alcanzarlo, sólo para caer de nuevo por el dolor.
–Prometí dejarte libre, pero no a tus compañeros, si tratas de liberarlos, deberás derrotarme –respondió el mago dándole la espalda.
Shun se levantó de nuevo: “No puedo permitir que se vaya, tengo que salvarlos” pensaba. Encendió su cosmo de nuevo y lanzó con energía su cadena.
–¡Thunder wave!
La onda de Andrómeda alcanzó a rozar una esfera, la de la mariposa roja, pero en lugar de que ésta se abriera, se quebró, un fragmento se desprendió, y el resto, incluyendo a la mariposa, pareció estremecerse, como si fueran, esfera y mariposa, una misma pieza de cristal. Shun se quedó paralizado. Maestus reaccionó con una risa irónica.
–¿Ahora quieres acabar con el alma de tu hermano? La prisión de las ánimas es un hechizo que extrae un alma convirtiéndola en mariposa y encerrándola en esta esfera que, si pretendes forzarla con cualquier otro objeto, únicamente lograrás quebrarla junto con su contenido, pero jamás podrás abrirla –explicó el mago, sin siquiera voltear.
Shun alcanzó finalmente a erguirse, y comenzó a quitarse los guanteletes de su armadura.
–¿Te das por vencido finalmente? –preguntó Maestus.
–No tengo otra alternativa más que derrotarte –respondió Andrómeda. Y alzando su brazo derecho contra el mago, agregó:
–Esperaba no tener que hacer esto de nuevo… ¡Nebula Storm!
Un impresionante torrente salió de manos de Shun y se dirigió contra el mago, éste, volteó sin cambiar su fría expresión y lo detuvo con sólo su mano izquierda levantada.
–¿Con un torrente así pretendes vencer al mago del aire? Yo te enseñaré qué es una tormenta –con la mano derecha, el mago trazó un espiral en torno a él usando su vara, siguiendo la punta de ella se formó un extraño torrente, como de agua, mezclada con la niebla y con una especie de fantasmas transparentes. Una vez que el mago tuvo su vara levantada sobre su cabeza, el espiral se convirtió en un extraordinario remolino que lo protegía, a él y a las esferas, de la tormenta nebular. Y levantando ahora ambos brazos, conjuró:
–¡Procella tenebrosa!
El poderoso remolino se extendió más y más, rebasando la potencia de la tormenta de Shun y levantando a éste varios metros a una velocidad vertiginosa, mientras parecía que los fantasmas se lanzaban contra él para desgarrarlo, hasta finalmente arrojarlo de cabeza contra el suelo. El caballero, con varias heridas por el golpe, quedó inconsciente.
–Creo que ahora sí ha sido suficiente –pensó Maestus.
–Debo salvarlos… debo… debo… –murmuraba el caballero tratando de incorporarse.
–Si una vez no ha bastado, la segunda deberá ser mortal: ¡Procella tenebrosa!
De nueva cuenta el remolino giró en torno al mago y se extendió, al sentirlo Shun, reaccionó, se puso de nuevo en pie y levantó ambos brazos sobre su cabeza formando también un tornado para defenderse. Los ojos de Maestus brillaban de nuevo mientras su tormenta se intensificaba hasta chocar con la de su contrincante, el choque hizo desprender descargas eléctricas, y al principio pareció que Andrómeda iba retrocediendo, pero fue aumentando en intensidad hasta contener el avance del otro y quedar en igualdad.
–Maestus: no hay necesidad de continuar este combate, libera a mis amigos y déjanos pasar –reclamó Shun con decisión.
–Es cierto, no hay necesidad de continuarlo, si aceptas mi oferta de seguir tu camino solo.
–En ese caso, no tengo otra opción –Shun bajó su mano derecha, apretó el puño y lanzó un poderoso torrente hacia el mago, atravesando ambos tornados. Maestus respondió cortando el ataque con su vara y reforzando el suyo.
–¡Procella tenebrosa!
La tormenta cobró tal energía que finalmente rebasó la defensa de Andrómeda y lo estrelló contra los árboles. El mago hizo detener el torrente.
–No pretendo matarte pues prometí dejarte libre, en cuanto te recuperes podrás…
Maestus advirtió entonces que las cuatro esferas ya no flotaban a su alrededor, volteó hacia los cuatro caballeros. Las mariposas volvían ya hacia sus respectivos cuerpos.
–¿Cómo es…? Claro, no lo vi en ese instante… Él no pretendía derrotarme, sino liberarlos a ellos, su ataque tenía toda la intención de que yo lo rechazara, el torrente que lanzó, una vez que se dividió al contacto con la vara, alcanzó las esferas y fue suficiente para desgastarlas sin quebrarlas… Pero si él hubiera querido, si realmente hubiera dirigido ese ataque hacia mí… Al final no fui yo quien perdonó la vida de alguien en este combate.
Seiya, Ikki, Hyoga y Shiryu comenzaron a despertar, algo aturdidos, preguntándose qué pasaba, vieron de inmediato el cuerpo de Shun tendido e inconsciente y corrieron a ayudarlo.
–¡Shun! ¡Vamos despierta! –decían todos sin comprender qué había pasado.
–Estará bien, es más fuerte de lo que ustedes creen caballeros –intervino Maestus.
Sorprendidos, se pusieron todos de pie y comenzaron a recordar lo sucedido.
–¡Tú, hiciste esto!¡Pagarás por todo! –amenazó Seiya.
–Espera Seiya, déjame esto a mí –interrumpió Ikki haciendo a un lado al Pegaso.
–¡Cálmense! –ordenó el mago–. Su amigo ha peleado por ustedes, y he decidido dejarlos pasar.
Con una señal del mago, la niebla que envolvía el bosque comenzó a abrirse, dejando ver la claridad de la noche.

dclpz3 - October 30, 2006 11:09 PM (GMT)
XIV. Un elixir
Shun comenzó a volver en sí, apenas abrió los ojos y vio a su hermano y sus compañeros, se arrojó emocionado en brazos de Ikki.
–¡Hermano!
–Shun, lo has hecho muy bien, nos has salvado, muchas gracias –dijo el Fénix consolándolo.
–Pero… qué ha pasado… ¿y el mago azul? –preguntó Andrómeda confundido.
–El mago nos dejará pasar, Shun, no te preocupes –intervino Seiya poniendo su mano sobre el hombro de su compañero.
–Caballeros –interrumpió Maestus–. He decidido dejarlos pasar por estos bosques, pero debo advertirles que deberían venir conmigo a mi castillo por lo que resta de esta noche. El bosque es peligroso, y entrar al jardín de la paz sólo es posible de día.
–Nosotros podemos defendernos –afirmó Hyoga con desconfianza–, sólo muéstranos el camino.
–Sí, desde luego –respondió Maestus sonriendo–. Ustedes están acostumbrados a batallas de doce horas continuas o más, sin comer ni descansar –y descendiendo sobre el follaje agregó:
–Yo les ofrezco mi hospitalidad y que mañana al brillar el primer rayo del Sol estarán a las puertas del jardín del mago blanco. Si los dejara aquí sólo gastarían sus energías en combates inútiles con los espíritus nocturnos que habitan el bosque, las necesitarán para afrontar al más poderoso de los magos de esta isla.
–Parece una oferta demasiado buena para alguien que acaba de intentar matarnos –señaló Ikki.
–Bien, si no les gusta, no insistiré: la entrada del jardín de la paz está hacia allá, hacia el oriente –indicó el mago con su vara–. Para llegar deberán evadir a los licántropos, a los dragones, a los grifos, a los vampiros, y a otras criaturas que salen a alimentarse a estas horas.
El mago comenzó a esfumarse.
–Espera –pidió Seiya, y dirigiéndose a sus compañeros, arguyó:
–Amigos, ¿qué podemos perder? Aun si se trata de una trampa, estoy seguro de que juntos podríamos vencerlo con facilidad.
–No es una trampa –afirmó Shun–, puedo verlo en los ojos de Maestus, no pretende engañarnos.
Renuentes, Hyoga, Shiryu e Ikki aceptaron finalmente.
–Bien, entonces síganme –ordenó el mago.
Maestus parecía flotar unos centímetros sobre el nivel del suelo, a su paso, la niebla se abría, dejando ver a unos pocos metros un enorme y tranquilo lago; en el centro de éste se fue divisando un castillo: un edificio de tres plantas, apoyado en pilotes que sobresalían del agua, dos torres almenadas lo flanqueaban, una más alta que la otra, y se comunicaba con la orilla a través de un largo puente de hierro. El mago los llevó hasta el castillo, en cuyas puertas se hallaba grabada la figura de un águila bicéfala. Las puertas se abrieron de par en par, dejando ver un amplio cuanto lúgubre vestíbulo, iluminado por antorchas; al fondo dos escaleras comunicaban con la planta alta. Todo estaba decorado por retratos antiguos, siempre con la figura del águila bicéfala en una esquina de los cuadros.
–Si gustan subir encontrarán habitaciones donde podrán descansar un rato, en una hora pueden bajar a cenar –indicó Maestus, saliendo por una puerta ubicada bajo las escaleras, y que se cerró justo tras el mago. La puerta principal también se cerró en ese instante, y las antorchas se apagaron.
Algo inseguros, los caballeros siguieron las indicaciones y subieron a la planta alta, encontraron, efectivamente, cinco cómodas habitaciones con vista hacia el lago.
–Debo felicitarte hermanito –dijo Dziva proyectando su voz a la mente de Maestus–. Has logrado dos cosas que parecían imposibles: que el caballero de Andrómeda combatiera, y que ganara una pelea. Pero ahora ¿por qué tan hospitalario? ¿Quieres perder nuestra apuesta? Ya no te quedan más hechizos.
–Te equivocas, el hechizo de las mariposas es uno solo, aunque se invoque de dos formas distintas. Por tanto, todavía me queda un hechizo, quédate atenta, creo que puede interesarte.
Exactamente una hora después, los caballeros, ya sin sus armaduras, y el mago estaban sentados ante una larga y elegante mesa, cuya cabecera ocupaba Maestus, en un comedor también iluminado por antorchas. No había habido necesidad de llamarlos, sin saber cómo, los cinco habían sido transportados desde las habitaciones hasta ese comedor.
–Bien, me alegra que sean puntuales –ironizó el mago, ya sin su capa y su vara.
Acto seguido dio una palmada y apareció para servirles un pequeño ejército espectral: fantasmas que llevaban y traían platos y platones, fuentes y bebidas, repletos con abundantes manjares.
–No pierden su carácter ni un segundo –pensaba el mago observándolos discretamente–. Hyoga e Ikki me siguen con sus miradas desconfiadas, sólo prueban los alimentos una vez que yo lo hago; Shun está asustado por mis fieles espectros, aunque intenta disimularlo; Shiryu está tranquilo, pero atento a percibir mis movimientos, y sólo Seiya come confiadamente sin disimular su apetito.
Un rato más tarde, el mago hizo una seña al que parecía ser el mayordomo, y se sirvió una copa que parecía ser de vino, que todos fueron consumiendo. Instantes más tarde, el mago pareció iniciar una conversación.
–He sabido que sus primeras peleas como caballeros fueron entre sí en un torneo, ¿es así? –preguntó Maestus.
–Sí, de hecho, incluso nos enfrentamos Shiryu y yo –respondió Seiya.
–Parece que fue hace mucho tiempo atrás, cuando ni siquiera sabíamos que Saori era la reencarnación de Atenea –comentó Shun–. Fueron pocas peleas… cinco caballeros de bronce fueron eliminados en ellas.
–¿Y quién fue…? quiero decir ¿quién hubiera sido el campeón de ese torneo? –preguntó Maestus.
–Yo, desde luego –respondió Seiya sin dudar y sin levantar la cabeza mientras seguía comiendo.
–Yo los hubiera vencido a todos sin duda –señaló Ikki con orgullo.
–No estoy tan seguro –respondió Hyoga.
Maestus sonreía mientras sorbía de su copa.
–A ti te he vencido antes dos veces Cisne –dijo el Fénix dirigiendo una mirada amenazadora a su compañero. Shun se veía alarmado.
–Pero las alas del Fénix, no hubieran podido contra mi Dragón naciente –intervino Shiryu.
–¡Tonterías! A todos podría vencerlos sólo con un meteoro, como lo hice contigo Shiryu –exclamó Seiya.
–¡Podemos comprobar ahora mismo quien sobreviviría al poder congelante del Cisne! –retó Hyoga.
Todos se levantaron, Maestus tronó los dedos, la mesa, los fantasmas y él mismo desaparecieron, dejando el comedor vacío para los caballeros. “El hechizo ha funcionado” pensaba el mago. Todos se habían puesto en guardia, y se aprestaban para una pelea.

dclpz3 - November 3, 2006 09:10 PM (GMT)
XV. Discordia
–¡Diamond Dust!– gritó el Cisne lanzando su ataque contra Seiya, quien alcanzó a esquivarlo de un salto, y se arrojó sobre Hyoga lanzando una patada que lo derribó e hizo que sangrara por la nariz. Al mismo tiempo, el Fénix asestaba fuertes golpes a Shiryu, quien, aunque retrocediendo, iba esquivándolos con gran agilidad. Hyoga, por su parte, alcanzó a tomar con su mano derecha la pierna de Seiya que lo había golpeado y usaba contra él su poder congelante, el Pegaso respondió lanzando sus meteoros contra su compañero, obligándolo a soltarlo y lanzándolo contra una de las esquinas del lugar.
–Todo va bien, el elixir de la discordia los entretendrá hasta el amanecer, y entonces no podrán ya salir de este castillo –decía el mago a sus hermanos nuevamente ante su espejo de agua.
–Y entonces nosotros partiremos –agregó Dziva.
–Exacto hermanita.
Ikki propinó finalmente un golpe a Shiryu, lanzando una energía tal que iluminó todo el castillo; mas cuando ésta se disipó, el Dragón no estaba tendido en el suelo como esperaba el Fénix, quien apenas alcanzó a voltear cuando escuchó a su espalda “¡Rozan Sho Ryu Ha”. Aunque retrocedió varios metros, Ikki, cruzando sus manos al frente, pudo detener el poderoso ataque para luego devolvérselo a Shiryu, quien fue lanzado por los aires hasta chocar su cabeza contra el águila bicéfala que lucía la pared de la cabecera del comedor. Cayó de frente, chorreando sangre por la fuerza del impacto.
Seiya e Ikki, habiendo dejado fuera de combate a sus respectivos compañeros, cruzaron miradas amenazadoras en el centro del amplio salón. Seiya fue el primero en lanzarse al combate.
–¡Pegasus Ryu Sei Ken! –gritó al tiempo que el Fénix se elevaba de un salto para esquivar el ataque y le respondía lanzando su técnica más poderosa.
–¡Ho Yoku Ten Shoo!
Mas una portentosa corriente gélida atravesó a ambos combatientes cuando estaban a pocos centímetros de encontrarse.
–¡Aurora Thunder Attack! –el Cisne se había incorporado y, aunque dirigía su ataque contra Seiya, golpeó también a Ikki, y congeló todo el recinto.
–Hyoga sin duda es el más fuerte de los cinco –pensaba Dziva mirando la escena con fascinación desde su hoguera.
El torrente había hecho añicos las acostumbradas playeras roja y azul del Pegaso y del Fénix, cubriendo al primero, que se sostenía en pie a duras penas, con una capa de hielo. En cambio el Fénix se aprestó de inmediato a responder la agresión de Hyoga encendiendo su cosmo, y echando fuego por los ojos, mas cuando se disponía a atacar, alguien gritó a su espalda.
–¡Ikki! no hemos terminado –Shiryu, algo repuesto del último golpe, levantaba en alto su brazo derecho.
–¡Ho Yoku Ten Shoo! –gritó Ikki.
–¡Espada Excalibur! –respondió el Dragón, cuya fuerza cortante fue capaz de atravesar el ataque del Fénix, hasta causarle una herida vertical sobre el pecho, de la que salió sangre a chorros.
Con Seiya congelado e Ikki lastimado, ahora eran Hyoga y Shiryu los que estaban en posición de ataque uno contra otro a ambos extremos del salón, uno juntando las manos en alto, y el otro levantando de nuevo su brazo derecho.
De repente, un viento distinto al del Cisne pareció recorrer todo el lugar, ambos voltearon a ver de qué se trataba. Shun, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, con la cara entre las manos en un rincón del lugar, trataba de auxiliar a su hermano, y había comenzado a hacer brillar también su propia energía… el torrente nebular.
–Hermano, amigos, hemos… hemos caído en la trampa del mago. Esto es lo que él quiere, dejar que nos eliminemos entre nosotros, por eso nos trajo hasta aquí –dijo Shun entre sollozos.
–¡¿Cómo es que el elixir no le ha afectado?! ¡Estoy seguro de que él también lo bebió! –se preguntaba el mago sorprendido.
En ese momento, sin embargo, algo más llamó la atención de los caballeros: la energía de Seiya se iba recobrando y derretía el hielo que lo cubría; sin prestar atención a las palabras de Shun, el Pegaso, el Cisne y el Dragón parecían a punto de lanzar sus mejores golpes, como llevados de una furia inextinguible. Las auras de sus respectivas constelaciones brillaban tras ellos, incluso más que en sus anteriores combates, se percibían ya las posturas propias de la Ejecución de Aurora, la Espada Excalibur y el Cometa de Pegaso. Y en efecto, los tres ataques fueron lanzados al mismo tiempo, iluminando todo el castillo al grito de los caballeros, pero también una cuarta energía se alcanzó a percibir, que detuvo el rayo de Hyoga, el puño de Seiya y el brazo de Shiryu: era la tormenta nebular de Shun, que los había rodeado por completo y trataba de inmovilizarlos.
–¡Seiya, Hyoga, Shiryu! ¡Deténganse, deténganse ya! Recuerden a qué hemos venido hasta aquí, recuerden a Saori que se encuentra en agonía en el Santuario, recuerden nuestras peleas juntos, recuerden que siempre nos hemos ayudado, que hemos permanecido juntos desde los combates contra Ares, en la batalla de las Doce Casas, en Asgard, en el templo de Poseidón… –increpaba el caballero de Andrómeda, pero sus palabras no parecían ser comprendidas por sus compañeros, que en lugar de bajar la guardia parecían ahora tratar de dirigir sus ataques, ya no entre ellos, sino contra el propio Shun.
–Amigos, no, por favor ¡esperen! –insistió el caballero.
–¡Aurora execution!
–¡Excalibur!
–¡Pegasus Sui Sei Ken!
Obligado por la situación, Shun, se defendió y alzando su mano derecha gritó por fin:
–¡Nebula Storm!
Aunque de manera muy precaria, la tormenta alcanzó a contener los tres ataques. Un recuerdo iluminó entonces la mente de cada uno de los caballeros. A Seiya, una imagen: él con la piel completamente negra, al fondo de un precipicio, sostenido apenas por una cadena; a Shiryu, la de Shun sosteniéndolo, cuando estaba moribundo por el combate contra Seiya; a Hyoga, la del propio caballero de Andrómeda abrazándolo tratando de revivirlo en la casa de Libra. El semblante de cada uno comenzó a cambiar, parecían reaccionar, pero tal vez ya era tarde: la tormenta cedió ante los tres ataques combinados, que empujaron a Shun contra la pared del salón, dejándolo inconsciente y causándole la espada de Shiryu una herida como la de Ikki.
Una luz azul iluminó el salón y los caballeros desaparecieron.

dclpz3 - November 14, 2006 04:27 PM (GMT)
XVI. Ajedrez
Un grillo desvelado cantaba sin pena posado sobre la cabeza de Seiya, quien dormía tendido en el pasto, en un extenso prado, cubierto por una manta azul, mientras el cielo comenzaba a clarear.
–Seiya… Seiya… ¡Seiya despierta ya!
El caballero de Pegaso abrió los ojos, levantó la cabeza y, bostezando, comenzó a estirarse, el grillo se alejó dando brincos internándose en el pasto.
–Hyoga, ¿qué pasa?
–¿No recuerdas nada Seiya? –preguntó el Cisne.
Seiya pensó un momento y recordó en donde estaban y a qué habían venido, de inmediato se incorporó de un salto.
–¿Dónde estamos? Recuerdo que anoche… No, no puede ser…
–Anoche combatimos entre nosotros –dijo fríamente Hyoga.
–¿Dónde están los demás?
–Han ido a explorar los alrededores –respondió cortante el Cisne, y luego de unos instantes, mirando al cielo, agregó: –Todo ha sido un sueño…
–¿Qué dices?
–¿Sientes las heridas que te causé durante nuestro combate? ¿Y las de tu combate contra el mago? –dijo Hyoga mirando de reojo.
Seiya, que al igual que su amigo llevaba puesta su armadura, comenzó a palparse, en efecto, no sentía nada, estaba como al momento de haber salido del desierto de la maga Dziva.
–Entonces… ¿todo fueron ilusiones?
–Así parece Seiya –respondió Shiryu, a espaldas del Pegaso, acompañado de Ikki y Shun.
–Ninguno de nosotros tiene heridas de los combates que libramos desde que entramos al bosque de niebla. El mago sólo se entretuvo proyectando ilusiones y dejándonos aquí, perdidos en medio de la isla –agregó el Fénix.
–Se equivocan –dijo Maestus proyectando su voz desde lejos. Los caballeros, reaccionaron volteando en todas direcciones, como buscando al mago y poniéndose en guardia.
–Todo nuestro encuentro fue real –continuó el mago–, pero tienen razón en algo, mi especialidad es la batalla onírica, la use por momentos, mas uno de ustedes… No, eso ya no importa. Ahora debo despedirme cumpliendo mi promesa: están a las puertas del jardín de la paz, y para llegar al mago blanco les bastará con seguir la senda que lo atraviesa.
–¿Cómo? Pero si aquí no hay nada –reclamó Seiya.
Entonces el Sol comenzó asomarse en el horizonte, a espaldas de los caballeros. Sus primeros rayos materializaron un pórtico blanco, de gran altura, como las puertas de los palacios de Persia y de la India. Los caballeros percibieron la aparición y la voltearon quedando fascinados con la escena.
–La puerta del jardín de la paz –dijo Shun suspirando.
–Démonos prisa, ya no podemos perder más tiempo –advirtió Shiryu.
Los cinco caballeros pasaron corriendo por el pórtico y encontraron una calzada de losas blancas, que brillaban, reflejando la luz del Sol, en cuya dirección apuntaban.
–Esta debe ser la senda, el mago blanco no puede estar muy lejos– señaló Seiya poniéndose al frente de sus compañeros.
Corrieron un largo rato subiendo una colina. A los costados de la calzada había cortinas de árboles, y más allá, se escuchaba el murmullo del agua que corría a través de una extensa red de canales y que brotaba en fuentes rodeadas de flores de todo tipo y color, el jardín hacía honor a su nombre.
–Este jardín es bellísimo, es el palacio perfecto del mago del amor –observó Hyoga.
–También podría ser la trampa perfecta –señaló Ikki.
Al bajar la colina, la calzada daba acceso a un enorme patio ajedrezado, rodeado por paredes decoradas con caracteres árabes, pero sin techo alguno. La entrada era custodiada dos estatuas de leones. Los caballeros detuvieron su carrera.
–Cuidado caballeros, la cadena advierte un peligro en ese lugar –señaló Shun.
Caminaron lentamente hasta el centro del patio. Nada pasaba, un poco más adelante, otros dos leones cerraban el patio cuadrado y la calzada seguía por los jardines. Permanecieron en guardia unos segundos, y sólo Shun se decidió a recorrer el patio de un extremo a otro.
–Uno, dos, tres, cuatro…. ocho. Esto es un cuadrado perfecto, como el del ajedrez –apuntó el caballero de Andrómeda desde una de las esquinas.
–¡Vaya! Es cierto –dijo el Pegaso, moviéndose a una casilla de las del centro.
–Peón cuatro rey.
En ese instante la losa se abrió a los pies de Seiya, siendo succionado por una fuerza extraña. Shiryu, que era el que estaba más cerca, lo sintió a tiempo para tratar de jalar a su amigo, pero sólo consiguió ser arrastrado también. Shun, todavía desde la esquina del patio, lanzó su cadena tratando de alcanzarlos, Ikki y Hyoga se abalanzaron también para ayudarlos.
–Peón dos dama.
Al paso de los caballeros del Cisne y del Fénix otra de las losas se abrió y los hizo caer también, sin darles tiempo para asirse de nada. Andrómeda lanzó su otra cadena para tratar de alcanzarlos, pero la fuerza de succión lo jalaba también hacia el centro del patio.
–Caballo tres alfil.
La casilla sobre la que Shun pasaba mientras trataba de jalar sus cadenas también se abrió, dejando ver un profundo abismo, del que no se divisaba el fondo. Sin poder usar su cadena para sostenerse, fue succionado por una fuerza muy intensa que lo obligó a soltar sus cadenas.
–Jugar ajedrez contigo puede ser peligroso Iskandar –aseguró Dziva, desde su hoguera.
–¿A dónde los has enviado? O mejor dicho ¿a cuándo? –preguntó Maestus desde su espejo de agua.
–Han caído en tres futuros distintos, pero igualmente terribles –respondió el mago blanco–. Ese es el peligro de atravesar el patio del ajedrez del destino. Seiya y Shiryu están en un mundo desolado, cubierto por una nueva glaciación, pero mucho tan intensa que ha destruido prácticamente toda forma de vida. Ikki y Hyoga, al contrario, cayeron en el mundo destruido por el sobrecalentamiento: todo se ha convertido en un desierto ardiente. Y Shun… a él le ha tocado lo más peligroso. La Tierra fue hecha pedazos en una guerra nuclear, y en su lugar flotan asteroides, pero ha corrido con suerte: flota en una extraña y enorme burbuja de aire.
–Nada como tus encantadores futuros posibles Iskandar... Para nosotros también se avecina un futuro interesante: es tiempo de partir, ya no hay manera de que salgan de ahí –sentenció Dziva–. Lástima, hemos perdido mucho tiempo jugando con los caballeros, ¿no es así hermanito? –agregó.
–Los magos no podemos perder el tiempo hermanita, tú lo sabes bien –respondió Maestus.
–Precisamente, tu deber es solucionar esta pérdida, mago del pasado.
–Está bien, ya entendí, volveremos doce horas atrás, cuando amanecía en Grecia, justo una noche después de la partida de Seiya y sus amigos.
–Partamos, pues, vayamos al pasado a enfrentarnos con nuestro futuro.
–Y ese futuro ¿qué nos depara Iskandar? –preguntó Maestus temeroso.
–Ahora mismo estamos vivos, aquí y en Grecia... –contestó Iskandar convirtiéndose en un destello de luz.
–Vamos de una vez magos, ¡por la cabeza de la diosa guerrera! –increpó Dziva, mientras desaparecía en una llamarada.
–Si no hay otro remedio… –suspiró Maestus, esfumándose en el aire.
FIN DE LA PRIMERA PARTE

dclpz - May 11, 2007 09:10 PM (GMT)
XVII. Tauro
–No hay señal de Seiya y sus compañeros. No puedo siquiera ubicar sus cosmos o la isla de esos magos –informaba Shaka de Virgo, desde la sexta casa, a los otros caballeros dorados.
–Ya ha pasado toda una noche, no pueden tardar mucho más, saben que Atenea corre peligro –aseveró Aldebarán.
–Se han desarrollado mucho en sus combates aquí en las Doce Casas, en Asgard y en el Templo de Poseidón, estoy seguro de que podrán afrontar los peligros y volver victoriosos como siempre –afirmó Milo.
–Su poder ha llegado a ser casi tan fuerte como el de uno de nosotros, no hay por que preocuparnos –dijo Aioria.
–Además Atenea confió en ellos desde el principio, nunca han dado motivo para dudar de ellos –agregó Mu.
–Es cierto que tienen una gran fuerza de voluntad, pero no han tenido tiempo de recuperarse de los combates… –reflexionaba Shaka cuando, de repente, preguntó:
–¿Qué es eso? ¿Lo perciben ustedes?.
–Parece una, no, dos extrañas energías… no son como las de los caballeros, ni como las de las marinas y los espectros –contestó Mu.
–Han cubierto todo el Santuario en menos de un segundo –observó Milo.
En efecto, una densa niebla azul había aparecido repentinamente cubriendo cada rincón del Santuario, excepto las Doce Casas. Al mismo tiempo se habían encendido hogueras en diversos puntos, como en el centro del Coliseo.
–El enemigo ha llegado al Santuario –afirmó Shaka–. Todos debemos estar preparados. Las Doce Casas pronto serán… ¿Aioria? ¿Aldeberán? ¿Qué? No puedo comunicarme con ellos…–.
Un rayo de luz atravesó la casa de Virgo…

El caballero de Tauro recorría cada tramo de su casa, como buscando algo, llevaba su armadura puesta y los brazos cruzados, su mirada reflejaba cierta inquietud.
–Estoy seguro que percibí algo, como si una llamarada se encendiera aquí, en el interior de la casa.
Entonces, Aldebarán escuchó un suave canto femenino a su espalda, giró de inmediato, sólo para que una bella mujer morena se echara sobre su pecho y siguiera cantando a su oído. El caballero de Tauro quedó embelesado, no supo más que estrechar a la mujer, acariciando su cabellera. Le parecía que el tiempo había quedado detenido, y no tenía ojos ni oídos más que para ella y su canto. Lentamente, la mujer comenzó a acariciar la cara y los brazos del caballero, quien cerró los ojos emocionado, seguía entonando su melodía, pero ahora, poco a poco, acercaba sus labios a las mejillas de Aldebarán. Con su otra mano, la ninfa le quitó el casco para enredar sus dedos con la melena del brasileño. Un instante después, ella tomaba entre sus manos la cara del de Tauro, y acercaba sus labios a su boca...

–¿De dónde ha venido esta niebla? –se preguntaba Aioria, recorriendo la casa de Leo. Hizo brillar su energía para despejar el camino que recorría, pero no era suficiente para liberar su casa completa. De pronto, comenzó a sentir que la niebla, hasta entonces completamente quieta, se movía por una débil corriente de aire. Trató de ver qué la causaba.
–¿Cómo es posible? ¿Son mariposas? –dijo el caballero acercándose a las columnas, cubiertas de mariposas de alas negras y azules, cuyo aleteo a un mismo ritmo parecía haber causado el leve viento. Frunció el ceño, bajo la cabeza un instante, el aura del León brilló a su espalda, levantó el brazo derecho hacia su costado y su torrente de energía disolvió parte de la niebla, llevándose consigo a algunas de las mariposas.
–¿Quién eres? ¿Qué haces en las Doce Casas? –preguntó el caballero, y hubo un instante de silencio…

–Veo que mi hechizo no logró acabar contigo caballero –decía una voz femenina a Aldebarán.
–¿Quién eres? –respondió buscando con la mirada de dónde provenía la voz.
Una llama se encendió a los pies de Tauro y de ella salieron dos estelas de fuego que lo rodearon formando un círculo. Al ascender las llamas, se materializó la figura de una mujer.
–Soy Dziva, ama del fuego y de la tierra, señora de las pasiones y del tiempo futuro.
Dziva, aunque ataviada igual que como se presentó a los caballeros de bronce, iba cubierta de más rubíes en sus collares, aretes y pulseras, llevaba su vara y su anillo, y una larga capa roja que parecía confundirse con las llamas.
–La maga roja de la que hablaba el libro que encontró Mu.
–Exacto, y he venido para que abandones a la diosa guerrera.
–¿A Atenea? ¡Jamás!
–Ella ha causado mucho derramamiento de sangre antes y ahora, y es fuente interminable de guerras: contra Ares, contra Poseidón, contra Hades, incluso una guerra entre ustedes mismos, los caballeros. Batallas sin sentido, en las que sólo mira por su propio beneficio dejándoles a ustedes todos los riesgos ¿qué ganas tú protegiéndola?
Aldebarán sonrió:
–Yo soy un caballero de Atenea, juré proteger a mi diosa, no importa frente a quien. Es cierto que hemos peleado grandes batallas, pero nuestra causa siempre ha sido justa, siempre hemos luchado por proteger a este mundo… En cuanto a ti, sólo por proponerme la traición, te acabaré igual que a tu ninfa: ¡Great Horn!
Antes de que el golpe del caballero saliera de sus puños, dos gruesas raíces se abrieron paso por el piso de la casa de Tauro y detuvieron las manos de Aldebarán.
Dziva sonrió:
–¿No sabes que la técnica de un caballero nunca funciona dos veces? Con ese golpe pudiste sorprender a la mazandere cuando estaba a punto de besarte, pero yo estaba aquí desde antes, y pude ver claramente tu reacción –y dirigiendo su vara hacia el caballero, alzó la voz–. Ahora, recibe tú mi hechizo: ¡Mai Vedu!.
El de Tauro comenzó a sentir que las raíces se convertían en un enorme y fuerte tronco que parecía apretarlo cada vez más hasta asfixiarlo. Más y más ramas iban surgiendo, haciendo presión contra su cuello y cabeza, desprotegidos por la falta de su casco.
–No te preocupes caballero, tu tormento durará poco –afirmó Dziva–. La mazandere alcanzó a rozar sus labios en tu piel, así que su veneno, aunque en una dosis un poco menor, está ya circulando por tu sangre y adormecerá tus miembros.
En efecto, Aldebarán se dio cuenta de que ya no podía mover los dedos de sus manos y de que sus piernas estaban adormecidas.
–No, no me vencerás tan fácilmente –repetía el de Tauro tratando de liberarse.
–¡Sigue Aldebarán! ¡Sigue intentándolo! Así acabaremos más pronto –respondió Dziva sonriendo irónica–. Si tuvieras toda tu fuerza, esas ramas no hubieran sido obstáculo para ti desde un principio, pero ahora nada podrá salvarte.
Dicho esto, la maga alzó sus brazos y raíces y ramas surgieron por doquier extendiéndose por todo el recinto.
–Espíritus de la tierra: Vigilen a este caballero hasta que desfallezca. Yo debo ir a encargarme de un viejo conocido.
Dziva se transformó de nuevo en una llama y abandonó la casa de Tauro por su pórtico.

dclpz - May 15, 2007 08:32 PM (GMT)
XVIII. Leo
–¡¿Cómo te atreves a proponerme que traicione a Atenea?! –reclamaba Aioria enfurecido a Maestus, que se había materializado ante él. El mago azul lucía, además de su vara y su anillo, un enorme collar al pecho, formado por eslabones de plata y con un águila bicéfala al centro, su capa era distinta: mucho más larga, de azul intenso y parecía terminar en un torrente de agua con espuma, como una ola del mar.
–Nada ganas con seguir a tu diosa, caballero. Por causa de ella murió tu hermano ¿no es así?
Los ojos del caballero se encendieron:
–¡No menciones a Aioros! Él fue un leal guerrero y yo seguiré su ejemplo hasta el final. Por su memoria seguiré combatiendo.
–Si estás decidido… –Maestus suspiró, parecía lamentar tener que entablar combate con el caballero dorado–. Creo que no tenemos más que hablar.
El mago dio media vuelta y comenzó a avanzar hacia la salida de la casa de Leo. Aioria se lanzó al combate.
–¡Detente! ¡No te dejaré pasar por esta casa! ¡Lighting…!
Antes que el de Leo soltara sus rayos, dos mariposas aparecieron de la nada justo ante su frente, hicieron pedazos la diadema de su armadura y atravesaron su cabeza.
–No puede ser –los ojos de Aioria comenzaron a humedecerse al reconocer la figura que se le acercaba–. ¡Aioros!
En efecto, el caballero de Sagitario apareció justo de entre la corriente que dejaba a su paso la capa del mago, lucía su armadura dorada, y caminaba hacia su hermano con gesto serio.
–Aioria. He venido a imponerte tu justo castigo.
–¿Qué? No, no entiendo.
–Levantaste tu puño contra Atenea, me has traicionado a mí y ahora la traicionas a ella dejando pasar a sus enemigos por la casa que debías custodiar –sentenció Aioros levantando su arco y apuntándolo contra su hermano. Aioria palideció, quiso pensar por un instante que se trataba de una ilusión, pero percibía el aura de Saori bajo la forma de la estatua de Atenea a espaldas de su hermano.
–Aioros –murmuró el caballero de Leo, cayendo de rodillas ante su hermano y cerrando sus ojos–. Aceptaré el castigo que Atenea me mande.
–Este es tu castigo –respondió el de Sagitario lanzando su flecha, visiblemente emocionado–. ¡Carcer animarum!
Aioria abrió los ojos y trató de reaccionar al escuchar ese grito, pero era muy tarde, la flecha dorada no alcanzó su corazón, pero lo atravesó por su costado derecho, disolviéndose al instante. El caballero cayó inconsciente, con los ojos abiertos, y una mariposa dorada se materializó ante su boca abierta. Apenas ésta movió sus alas, quedó encerrada en una esfera azul transparente.
–Pobre Aioria, tuvo ante sí al mismo tiempo a su hermano, quien es su más triste recuerdo, y a su mayor temor, haber traicionado a Atenea –reflexionaba Maestus, cuando, de pronto, percibió algo, se dio vuelta y sostuvo su vara, cuya flor de lys se abrió a tiempo para detener un fuerte rayo de luz. Frunció el ceño, sus ojos empezaron a brillar y la niebla que envolvía la casa de Leo comenzó a moverse hacia su espalda tornándose más y más densa.
–Debo evitar que su ataque alcance la esfera –pensaba el mago.
En ese momento el piso de la casa de Leo pareció cambiar ante los ojos de Maestus, como si se convirtiera en un enorme lago. El mago bajó la vista, podía ver su reflejo: las manos levantadas hacia el frente sosteniendo la vara ante el rayo de luz, que no cedía, como tampoco él en su esfuerzo. Mas el reflejo comenzó a moverse, adquiriendo vida propia, se levantó del agua al lado de Maestus, quien sin embargo se mantenía calmado, también sostenía una vara entre sus manos y la levantó en alto como si la fuera a usar para atacar al mago. Maestus sonrió.
–No puedes infundir miedo al mago de los sentimientos tristes –aseguró.
Sus ojos brillaron más y más, la niebla avanzó hacia el lago, que iba desapareciendo al mismo tiempo. El reflejo soltó finalmente un golpe contra Maestus, quien gritó de nuevo:
–¡Carcer animarum!
Un rayo de luz azul en espiral salió de la vara y en menos de un segundo rodeó toda la trayectoria del rayo que atacaba al mago hasta alcanzar su fuente: el caballero de Virgo. Shaka, sentado en posición de flor de loto, lanzaba el rayo de luz desde sus manos juntas en posición orante, el hechizo no le hizo ningún daño, sólo lo obligó a detenerlo con la mano derecha. La casa de Leo volvió a la normalidad.
–Caballero de Virgo –dijo Maestus a Shaka proyectando su voz–. Veo que estás impaciente por nuestro futuro combate, pero aguarda un segundo, pronto llegaré hasta ti.
Maestus se esfumó entre la niebla, que se movió para ocupar toda la casa de Leo. Cientos de mariposas azules y negras revoloteaban por doquier, sin dejar ver por ninguna parte ni al cuerpo de Aioria ni a la esfera con la mariposa dorada.

Mu de Aries recorría a toda prisa los escalones que separan la casa de Aries de la de Tauro. Hacía un segundo que había dejado de percibir el cosmo de Aldebarán. Repentinamente, percibió que algo como una bola de fuego se acercaba a él a gran velocidad, la evadió con su teletransportación y volteó para ver de qué se trataba. No había nada. Extrañado, se detuvo un momento, estaba a punto de emprender de nuevo su marcha, cuando una voz lo detuvo.
–Tú debes ser Mu ¿verdad? –dijo Dziva, haciendo su aparición acostumbrada en medio de las llamas–. No has cambiado nada en todos estos años.
–¿Quién eres tú? ¿Cómo es que me conoces?
–Soy Dziva, la maga roja, y te conozco… bueno, es una larga historia.
Mu se quedó boquiabierto y sorprendido. ¿Quién era esta mujer en realidad? ¿Cómo es que lo conocía? Por más esfuerzos que hacía no la recordaba.
–Es normal que no me recuerdes. Fue hace tanto tiempo… Yo no era todavía una maga por entonces… –cambiando el tono de su voz continuó–. De hecho, fue en parte a causa de tu maestro que me convertí en lo que soy ahora.
–¿A qué has venido al Santuario? ¿Qué ha sucedido con Aldebarán?
–¿Sólo sabes hacer preguntas? Bien, te diré lo mismo que le dije a él: mis hermanos los magos y yo venimos a acabar con Atenea, la cruel diosa guerrera que tantas muertes ha causado. No queremos hacerle daño a los caballeros de oro, pero si se oponen a nuestra tarea pacificadora, acabaremos con todos –respondió la maga con voz presuntuosa.
–Tú esfuerzo será inútil maga –respondió Mu completamente tranquilo.
–¿Qué quieres decir?
–No podrás acabar con Atenea y mucho menos con todos los caballeros. Aunque quede uno solo, seguiremos peleando por ella hasta el final.
–Esa es tu última respuesta, ¿no es así? –Mu asintió y Dziva suspiró–. Sin duda eres el digno sucesor de Shion.

dclpz - May 17, 2007 01:54 PM (GMT)
XIX. Fuego y estrellas
–¡Que las llamas te consuman! –Dziva dirigió su vara hacia Mu y una enorme e intensa llamarada salió de ella. El caballero de Aries evitó el ataque teletransportándose.
–Bien, igual que lo hubiera hecho tu maestro –sonrió Dziva, y sin detenerse levantó en alto su vara con ambos brazos, sus ojos comenzaron a brillar y su capa se movía:
–¡Pétalos ardientes! ¡Encuéntrenlo! –Mu reapareció unos cuantos escalones arriba, de rodillas ante el ataque de la maga–. Ahora puedes teletransportante cuanto quieras Mu, mi hechizo te perseguirá hasta acabar contigo.
El caballero trataba de protegerse con ambos brazos, pero los pétalos lo atacaban directamente hacia la cabeza; sorprendido, empezó a sentir que el calor era tal que su casco dorado comenzaba a fundirse, tuvo que arrojarlo de inmediato para evitar quemarse con él.
–Veo que no estabas preparado para enfrentar la magia del fuego. En eso sí eres diferente a Shion –comentó la maga suspirando nuevamente–. Terminemos con esto: ¡adelante espíritus del fuego! –de nuevo las llamas atacaron a Mu, pero de manera mucho más intensa, uniéndose al hechizo de los pétalos.
–No puedo permitir que me derrote, debo detenerla –de un salto el caballero se incorporó y retrocedió unos pocos metros, extendió ambos brazos:
–¡Cristal Wall! –las llamas se estrellaron contra el muro del de Aries y salieron disparadas hacia la maga, quien las detuvo con una sola mano.
–No esperes que mis propias llamas me hagan daño, ni que una pared tan endeble te proteja.
Con violencia, Dziva soltó una patada contra el suelo, la tierra empezó a temblar y una grieta se abrió justo bajo el muro de cristal; éste se hizo mil pedazos por el movimiento y los fragmentos se fueron por el hoyo, que se cerró tan rápido como había surgido.
–La maga es tan bella como temible –pensaba Mu, todavía sin saber cómo reaccionar.
–Bien, esto se pone interesante –comentó la maga, levantando de nuevo su vara.
–Dziva, he podido ver a través de tus hechizos, no podrás usarlos de nuevo.
Mientras Mu hablaba, Dziva sintió que una fuerza le impedía moverse, era demasiado, demasiado potente, y a pesar de su resistencia, acabó por lanzarla contra una de las columnas del camino de las Doce Casas.
–Muy bien caballero, debí saber que no sólo puedes teletransportarte sino que eres uno de los amos de la telequinesis.
–Podría acabar contigo en este instante maga, pero antes debo saber cómo es que me conoces tan bien y cómo conociste a Shion.
–Esto sí que es nuevo: la curiosidad puede inquietar a un caballero dorado –respondió ella sonriendo–. Bien, te lo diré: Hace muchos años Shion salió de este Santuario para dirigirse a mi tierra natal, en el sur de África. Visitó varias aldeas, entre ellas la mía, tú ibas con él, su joven y querido discípulo, creo que iban buscando prospectos de caballeros, no lo sé bien. Por entonces la guerra amenazaba mi patria, una guerra terrible, sin cuartel: aldeas enteras eran destruidas, la gente tenía que huir. Shion nos había mostrado algunos de sus poderes, le pedimos con insistencia que interviniera si es que era tan poderoso, que no nos dejara morir, pero no, él tenía otra batalla que librar, una guerra por su diosa, la que nacería en poco tiempo, mucho más importante que nosotros, los simples mortales…
–Dziva: no deberías guardarle rencor, los enfrentamientos que libramos los caballeros son para defender este mundo y a todos sus habitantes, Shion no… –Mu fue interrumpido por un ruido que surgía debajo de sus pies, saltó de nuevo para evitarlo y vio como una gran raíz trataba de alcanzarlo, volteó hacia la maga, había desaparecido.
–Para ti es fácil justificarlo –respondió Dziva golpeando a Mu por la espalda con sus llamas, derribándolo. El hechizo de los Mai Vedu logró entonces capturar al caballero, y Dziva siguió su relato.
–Por entonces vi morir a mi familia, a mis amigos y a toda mi aldea… –la maga se iba acercando a Mu lentamente mientras hablaba–. Me escondí en lo más profundo de la selva, en una cueva. Fue ahí donde descubrí los secretos de la magia, con los que me atreví a enfrentar a tu maestro, él fue el primero y el último que logró derrotarme.
Dziva ya estaba justo frente a frente con el de Aries, el brillo de sus ojos se había intensificado mientras recordaba su pasado, y ahora levantaba su vara como para dar el golpe de gracia a su rival. Mu hacía esfuerzos por liberarse, concentró toda su energía y destruyendo las ramas que lo ataban lanzó una de sus técnicas más poderosas:
–¡Stardust Revolution!
Las brillantes estrellas sorprendieron a la maga y la arrojaron por un precipicio del escarpado ascenso de las Doce Casas. Mu respiró aliviado, pero apenas un segundo después vio levantarse una enorme columna de fuego, como si fuera la bocanada de un enorme dragón. Dziva, reapareció con el ceño fruncido, los ojos literalmente echando fuego y con su capa extendida, parecía no haber sufrido ni un rasguño por el ataque. Levantó ambos brazos y con una sonrisa que atemorizaba gritó:
–¡Explosión de júbilo!
El caballero de Aries tuvo que responder al instante:
–¡Stardust revolution!
El hechizo de la maga, que seguía suspendida en el aire, y la técnica de Mu terminaron equilibrados, las estrellas que uno lanzaba detenían el impulso de la explosión. La maga conservaba la sonrisa en los labios y, sin detener este hechizo, la rosa de la punta de su vara comenzó a abrirse de nuevo, un rayo rojo salió de ella y atravesó la frente de Mu, quien perdió la concentración y fue finalmente lanzado contra las rocas por la explosión, pudo soportarla sólo gracias a la protección de su armadura, pero terminó exhausto.
–Por consideración a tu maestro te repetiré mi oferta: abandona a Atenea, vete y vive una vida tranquila, usa tus poderes para ayudar verdaderamente a la humanidad, si no, el hechizo que acabo de lanzarte te destruirá por dentro.
Maltrecho, Mu se fue poniendo de pie.
–Ya te lo he dicho maga, ninguno de nosotros se rendirá, aunque le cueste la vida. Hemos enfrentado rivales igual de terribles que ustedes, pero estamos seguros de la victoria final de la diosa Atenea, la protectora de la humanidad.
–Entonces, padece los efectos de mi hechizo: ¡Pasiones ardientes!
La expresión del caballero cambió repentinamente, sentía como si un impulso animal lo controlase, no podía pensar.
–Las heridas de mi explosión y los efectos de este hechizo serán suficientes… –dijo Dziva acercándose a las escaleras y emprendiendo la vuelta hacia la casa de Tauro.
–Te equivocas –respondió Mu, como si se hubiera repuesto en un instante. Dziva volteó y no pudo menos que recordar la gallardía de Shion cuando se enfrentó con él–. No cometeré el mismo error –pensó ella, mientras se preparaba para combatir de nuevo.
–Te equivocas al juzgar a mi maestro y a Atenea y te equivocas en combatirnos. Nuestros objetivos no son distintos, estoy seguro de que los magos serían grandes aliados nuestros.
–Jamás caballero –Dziva se movió a una velocidad vertiginosa hacia Mu y con su vara por delante lanzó su mejor hechizo: –¡Mis llamas te consumirán! ¡Espíritu de Dzivagaru! –de su vara salió una energía con forma de ave de fuego.
–¡Starlight extintion! –respondió Mu.
El choque de ambas energías fue tan terrible, que el estruendo se escuchó a varios kilómetros a la redonda. El cuerpo del caballero de Aries fue proyectado contra su propia casa y abrió un boquete en el techo de la misma. Dziva en cambio, quedó de pie sobre las escaleras que comunican a la casa de Tauro. Con lo que le quedaba de energía tras el impacto, lanzó de nuevo su hechizo para que los espíritus de la tierra atraparan el cuerpo moribundo de su rival de manera similar al de Aldebarán y custodiaran la primera casa.
–Un digno sucesor de Shion… –repitió la maga con la voz entrecortada, comenzó a sangrar por todo su cuerpo, y se desplomó.

dclpz - May 18, 2007 03:51 PM (GMT)
XX. Resplandores y sueños
Shaka, sentado en posición de flor de loto en la casa de Virgo, seguía atento la conversación de Dziva y Mu, extrañado, como el caballero de Aries, de que la maga lo conociera, cuando, en un instante, su templo quedó enteramente invadido por la niebla azul y centenares de mariposas azules y negras revoloteaban a su alrededor. Sin inmutarse, proyectó su energía por todo el recinto: niebla y mariposas desaparecieron en el resplandor dorado que emitía el caballero. Pasó apenas un segundo cuando la casa quedó de nuevo invadida, pero ahora por agua, inundada del piso al techo, y nadaban en ella nereidas, ninfas de vestidos vaporosos sentadas en ostras gigantes abiertas, y tritones, hombres con cola de pez en lugar de piernas. Pero nada de eso distrajo a Shaka, quien de nuevo proyectó su cosmo y disolvió ese extraño mundo subacuático en el brillo dorado. Esperó un nuevo hechizo, pero nada pasó.
–¿Ya no tienes más encantos mago? –preguntó finalmente Shaka.
–No olvides que también soy el mago del aire, ahora mismo estás suspendido en uno de los elementos que domino –respondió Maestus sin aparecer.
El caballero sonrió:
–¿Crees que alguna de tus ilusiones puede preocuparme? Tu poder no pasa del de un simple ilusionista, engañas sólo los ojos del cuerpo, pero no los del espíritu.
Maestus no respondió. Pero a los pocos instantes se empezaron a escuchar estruendos, como si algunas de las columnas de la casa de Virgo estallaran. Pronto el ruido se hizo más y más intenso, se acercaba una fuerza extraña que destruía los objetos pero no era visible. Cuando estuvo a unos metros del caballero, éste finalmente reaccionó:
–¡Khan!
Mas el campo de fuerza de Shaka también empezó a ceder por los costados y rápidamente, como si dos cuerpos esféricos avanzaran sobre él, los adornos del casco de Virgo se hicieron pedazos, luego el propio casco… Pero Shaka ya no estaba ahí. Todo quedó en silencio por un segundo, el caballero reapareció de pie unos metros delante del sitial de flor de loto donde estaba sentado, las manos en posición orante.
–Al final veo que la magia del agua y el aire sí ha podido inquietarte –observó el mago.
–Veo que el mago azul sólo ataca oculto desde la oscuridad.
–No puedes encontrarme ¿verdad? y eso que he estado justo sobre de ti
Maestus se materializó flotando unos metros sobre el sitial de Shaka y descendió hasta posarse sobre él.
–Creo que no necesito decirte a qué he venido, pues has estado siguiéndome desde que entré a las Doce Casas.
–Yo tampoco necesito darte una respuesta que ya conoces.
–Bien, entonces te explicaré cómo será tu final: he lanzado mis esferas de vacío, dos esferas formadas por capas de aire que pesan varias atmósferas, pero vacías por dentro. A su paso destruyen todo por el drástico cambio de presión –y alzando su vara hacia el caballero agregó:
–Y las esferas ahora te persiguen a ti.
El estruendo que marcaba el paso de las esferas invisibles volvió a escucharse y parte del piso de la casa se iba haciendo pedazos en dirección de Shaka. Éste, sonrió:
–Me pregunto si el vacío podrá moverse a la velocidad de la luz…
Maestus cambió su semblante confiado al entender el mensaje y apenas tuvo tiempo de gritar:
–¡Muri montsalvatis!
El intenso resplandor de un rayo de Shaka se estrelló contra la muralla azul, las esferas la atravesaron y se acercaron al caballero, pero éste se teletransportó a través del muro, a centímetros del mago, sobre el mismo sitial del loto, y arrebatando la vara de la lys con la mano izquierda dirigió la derecha al estómago de su rival para asestarle un poderoso destello. El mago, soltando su vara, alcanzó a cruzar sus brazos al frente para defenderse:
–¡Scutum lunaris!
Se escuchó el estruendo de las esferas, que chocaron contra el exterior de la muralla en persecución del caballero, mientras el mago era proyectado varios metros hacia atrás, abriendo sendas grietas en el piso por el esfuerzo de contener el ataque, protegido por un escudo en forma de disco negro que parecía absorber todo el poder del de Virgo. En cuanto Shaka retiró su golpe, el disco comenzó a cambiar, en menos de un segundo se fue poniendo blanco como si fuera la Luna en cuarto creciente; al quedar completamente lleno, lanzó una poderosa energía, como cien veces más fuerte de la que Shaka había lanzado. El caballero esquivó el enorme rayo dando un salto espectacular.
–¡Ahora es mío! –pensó Maestus al verlo en el aire, y levantó su brazo derecho en dirección de su enemigo–. ¡Procella tenebrosa! –y su potente remolino pareció envolver al caballero, la vara volvió mágicamente a la mano del mago–. Puedes rendirte ahora Shaka –retó jadeante el mago.
Pero el caballero no cambió su expresión de tranquilidad, aunque parecía que el viento le impedía moverse, juntó de nuevo sus manos y gritó:
–¡Ohm!
La potente explosión disolvió la tormenta y arrojó a Maestus contra una de las columnas de la casa de Virgo. El mago acabó por caer al suelo boca abajo, parecía rendido.
–Eres tú el que puede rendirse ahora mago. Estoy dispuesto a concederte la vida, si te inclinas ante mí, de lo contrario, te enviaré a uno de los seis mundos del universo.
Lentamente, Maestus se fue poniendo en pie, su semblante cambió de nuevo, ya no parecía desesperado, se le veía con un dejo de tristeza, y sus ojos empezaban a emitir un resplandor azul distinto.
–Jamás podría inclinarme ante ti, porque yo no creo que seas una encarnación divina –respondió esbozando una sonrisa. Alzó de nuevo su vara hacia Shaka y conjuró:
–Inundatio cærula.
Un extraordinario torrente de agua pareció salir de la flor de lys. El caballero iba a limitarse a levantar la mano para detenerlo, pero entonces percibió que ya estaba completamente rodeado por un remolino azul, que parecía sólo agua, pero era una energía mucho más potente que las anteriores y que le impedía moverse. Por primera vez frunció el ceño. Maestus tomó eso como una victoria e intensificó su hechizo, su capa comenzó a moverse y sus ojos despedían rayos azules. Shaka comenzó a sentir que el remolino lo aprisionaba más y más…
–¡Ten Ma Kou Fuku!
El mago fue lanzado por los aires y cayó al suelo en medio de la visión de un paraíso oriental. El caballero se acercó poco a poco a su enemigo, que hacía grandes esfuerzos por incorporarse.
–Veo que no sabes cuando rendirte. Pues bien, ya es tiempo de terminar con esto –cambiando su postura, Shaka invocó:
–¡Riku Dou Rin Ne!
Y el mago sintió como si cayera en un inmenso abismo…
–Fuiste un buen rival Maestus de Pélagus –dijo el caballero dando media vuelta y dirigiéndose a su sitial–. Ahora es tiempo de ocuparse de la otra maga… No puede ser… no percibo el cosmo de Mu.
Shaka estaba ya ante las escaleras de la flor de loto, cuando sintió como si despertara de un sueño, y se encontró de frente con una energía inesperada...

dclpz - May 31, 2007 04:39 PM (GMT)
XXI. Cielo e infierno
Milo estaba inquieto en la casa del Escorpión, hacía casi tres horas que había dejado de percibir el cosmo de Aldebarán y de Aioria, y ahora sentía que el de Mu se debilitaba, mientras Shaka parecía librar una batalla en la casa de Virgo.
–Pase lo que pase, nuestros enemigos no podrán pasar por esta casa –reflexionaba en silencio–. Si Shaka llega a perder sólo quedaré yo para evitar que pasen hacia los aposentos de Atenea. Sin embargo, Shaka es muy poderoso, estoy seguro que no será fácil… ¿qué es esto?
El caballero del Escorpión fue interrumpido por un haz de luz que salía de uno de los rincones de su propia casa. Se acercó a averiguar de qué se trataba.
–¿Tú eres Milo, el caballero que resguarda esta casa? –le preguntó una voz que le hablaba directamente a su mente.
Sorprendido, el caballero increpó: –¿Quién eres? ¿Cómo llegaste hasta aquí?
–Soy Iskandar, el mago del éter, señor del amor y del tiempo futuro. Llegué, como me ves, como un rayo que atravesó las primeras seis casas, sin que ninguno de ustedes lo notara. Vas a preguntar qué vengo a hacer aquí, pues bien, vengo a ofrecerte la paz, tal vez incluso la paz suprema para tu corazón.
El haz de luz comenzó a hacerse mucho más grande, y en medio del blanco resplandor, se materializó un hombre de mediana estatura, moreno, de barba y bigote, vestido de blanco, a la usanza árabe, con turbante, y revestido por una capa de lana. Portaba al cuello un largo rosario de cuentas, blancas como perlas, que parecían ser más de 500.
–¿Qué quieres decir con paz?
–Has combatido desde tu más tierna juventud, yo vengo a ofrecerte que te retires, abandones este santuario de la violencia, y uses tus magníficos poderes en beneficio de tus semejantes.
–¡Qué dices! ¿Qué abandone a Atenea?
–Sí, olvida a esa diosa sangrienta que te ha pedido ya tantos sacrificios.
–¡Jamás! –interrumpió Milo– ¡Vete de aquí ahora mismo!
–Lástima, esperaba que al menos tú serías más sensato… Entonces también habrá que pasar por encima de ti para alcanzar a la diosa.
–No creas que será tan fácil –respondió el caballero poniéndose en guardia y alzando su mano derecha para formar su aguijón.
–No pretendo lastimarte Milo, como dije, tal vez es tiempo de abrir tu corazón a un sentimiento distinto de la lealtad ciega que te exige Atenea.
El mago juntó sus manos en posición orante frente a sus labios, luego extendió los brazos e invocó:
–¡Sílsila al-barakha!
En sus manos se formaron dos esferas blancas de las que salieron dos largas cadenas con puntas en forma de media luna que se dirigieron hacia el de Escorpión a gran velocidad. Éste saltó evadiéndolas sin dificultad y se lanzó contra Iskandar.
–¡Scarlet ...!
No pudo siquiera proyectar su ataque, bajó la vista, estaba completamente encadenado, cayó al suelo.
–No entiendo, ni siquiera percibí el momento en que lograron alcanzarme.
–Esta no es una cadena de metal Milo, no se mueve con fuerza física, Sílsila al-barakha significa “cadena de bendiciones”, y una bendición alcanza a aquel a quien está dirigida, lo quiera o no.
–Entonces –dijo el caballero sonriendo–, veremos que tan fuertes son tus bendiciones.
Milo cerró los ojos, concentró su cosmo, que brilló intensamente, y algunos de los eslabones de las cadenas se rompieron, pero entonces, en un instante, perdió la concentración, se sentía perturbado, cada vez más débil.
–La cadena no sólo atrapa tu cuerpo caballero...

En la casa de Virgo, Shaka estaba de pie a unos cuantos pasos frente a su sitial de flor de loto, y sintió como si despertara de un sueño.
–No me esperabas aquí ¿verdad? –dijo Maestus al notar que Shaka reaccionaba.
El mago no llevaba heridas ni rasguño alguno y estaba de pie sobre la flor de loto.
–No entiendo, ¿cómo has podido escapar de caer en uno de los seis mundos?– preguntó Shaka.
–Tal vez porque nunca creí que fueras realmente capaz de enviar mi espíritu a ninguna parte… o tal vez porque nunca recibí tu ataque realmente, ¿Qué crees tú caballero?
–Entonces…
–¿Un sueño? –se adelantó Maestus–. En parte sí, en parte no. Soy el mago del aire, y en los mitos europeos el espíritu era representado por el aliento, por eso tengo dominio sobre el inconsciente, y por eso, porque conozco bien el espíritu humano, como te dije antes, no te reconozco sino como un hombre cualquiera.
–Bien, crees que un hombre cualquiera podría hacer esto –Shaka cambió de postura y gritó:
–¡Sei Samsara!
El mago cerró los ojos, pareció vacilar como golpeado por una visión aterradora, una lágrima rodó repentinamente por su mejilla y cayó al suelo. El caballero de Virgo frunció el ceño de nuevo, percibía claramente que su ataque no había dado resultado.
–Shaka –respondió finalmente el mago incorporándose–, ya conozco tus técnicas, y creo poder enfrentarlas.
–No todas Maestus, aunque no esperaba tener que usar esta con un simple hechicero. Pero parece ser necesario para eliminarte definitivamente: No te perdonaré por tu ataque contra mi inconsciente.
Shaka comenzó a concentrar su energía entre sus manos, su cabello comenzó a erizarse y un intenso brillo dorado iluminó todo el recinto.
–Despídete de la vida Maestus de Pélagus pues quedarás atrapado e indefenso… –y abriendo sus ojos gritó:
–¡Ten Bo Hou Rin!
Los mandalas con la imagen de Buda se extendieron por la casa de Virgo y avanzaron hacia el mago, quien bajó la vista y suspiró.
–Sabes Shaka… se decía antaño que las lágrimas que los hombres derramaban –iba bajando su vara mientras hablaba–, se filtraban por el suelo y llegaban a lo profundo de la Tierra –con la punta de la flor de lys tocó la lágrima que había derramado antes–, e iban formando un torrente desolador, los ¡Fluvii avernorum!
Conforme Maestus iba alzando su vara, ésta comenzó a despedir una estela azul oscuro, que fue formando un remolino en torno a él. Y cuando la vara quedó en posición vertical, el remolino se hizo un solo torrente, como un cilindro, los mandalas se detuvieron al tocar el círculo azul. El mago extendió los brazos, y el torrente comenzó a avanzar formando un espiral a su alrededor, y conforme avanzaba, los mandalas de Shaka se iban disolviendo de manera lenta, pero inexorable. El torrente se detuvo justo a medio camino entre los dos contrincantes.
–Ingenuo, ¿cuándo has visto que el Infierno derrote al Cielo?
–¿No lo ha hecho antes? ¡Fluvii avernorum!
–¡Ten Bo Hou Rin!

dclpz - June 5, 2007 05:10 PM (GMT)
XXII. Armaduras
La energía de Shaka brilló como nunca formando un gran torrente que llegaba hasta el techo de la casa de Virgo, imágenes de Buda flotaban a su alrededor, y los mandalas parecían recuperar su brillo, pero pronto los ríos del inframundo siguieron su avance formando un amplísimo círculo en torno al caballero, su trayectoria ahora formaba el símbolo del infinito y avanzaba estrechando más y más el espacio que quedaba al de Virgo. Pero el resplandor de éste se intensificó, su cosmo deslumbrante concentrado entre sus manos quemaba toda su energía en un gran esfuerzo por liberarse. Al verlo, Maestus bajó su vara y comenzó a caminar rumbo a la salida.
–La batalla ha concluido– pensaba sin voltear siquiera a ver a su enemigo, alzó sus brazos y la casa de Virgo quedó de nuevo cubierta por la niebla y llena de las mariposas de alas azules y negras. De pronto, algo agitó el corazón de Shaka, una lágrima se derramó por su mejilla sin que pudiera evitarlo, entre sus manos el cosmo dejó de brillar, y el oscuro torrente lo rodeó por completo.
Maestus, dio unos cuantos pasos, cuando comenzó a sentir un intenso dolor que lo hizo caer de hinojos.
–Parece que al final sí logró obligarme a arrodillarme –la vista se le nublaba y sus ojos se iban cerrando, hasta que por fin se desplomó.
–¿Desmayos hermanito? –le pre