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| MANGA, LA NUEVA CULTURA POP - Por Fernando Castro Flórez Parece como si en Japón se hubiera producido una rara sublimación tras lo peor, esto es, la bomba atómica les ha llevado a imaginar un mundo hiper-occidentalizado en el que la forma de relación principal fuera el combate agonístico. Cada época tiene los artistas que se merece y no tengo ninguna duda de que una de las manifestaciones creativas que se adapta mejor a nuestro encefalograma plano es el manga. Columpiados, en este siglo XXI demoledor, por la realidad convertida en show, es normal que aceptemos que el heroísmo es, en todos los sentidos, una experiencia extra-terrestre o, mejor, que para poder sostener un combate, literalmente infinito, hace falta flotar. La nueva mitología que propone el manga, como forma postmoderna de narración-visual, está llena de personajes que se mueven por el aire con una desenvoltura admirable. Ahí siempre encontraremos un despliegue de acrobacias tremendas; pero lo que más me atrae es el espectáculo de la gesticulación: los ojos están siempre a punto de salirse de las órbitas, las cejas crispadas, la comisura de los labios se aprieta presa del miedo y, no puede faltar, el sudor corre que por las frentes. Tensión corporal. Los pequeños co-protagonistas que pululan por el espacio mangático (valga este «palabro» sacado de la manga) suelen tener ojos que son apenas puntitos negros entre dos grandes paréntesis: están a punto de que les dé un soponcio viendo cómo sus progenitores, amigos o maestros sufren toda clase de ataques brutales. Si hay algún momento de respiro, una mínima pausa en esa pugna sin cuartel es para meditar cómo encontrar más energía y así acabar de una vez por todas con una fuerza que no parece tener fisuras. Ese imaginario agonístico está aderezado por una tensión corporal y facial inmensa, vale decir por un patetismo que requiere de nuestra absoluta entrega. De Dragonball, la mítica serie de Akira Toriyama, a Lovehina, con la búsqueda amorosa en el espacio de las chicas, de Naruto a los futbolistas verdaderamente galácticos de Oliver y Benji, se despliega un universo frenético en el que todo lleva al desfallecimiento, donde la velocidad es crucial. Me he entregado, no exagero, al número 21 de Dragonball antes de escribir esta líneas y he vuelto a sentir el hechizo de los combates, de los gestos dramáticos, de las suspensiones y, también, de la crueldad metafísica. Tras más de doscientas páginas de lucha a muerte lo que queda es la sensación de que propiamente no ha pasado nada. Y, sin embargo, Vegeta ha palmado soltando el rollo sobre los «super-saiyanos»; Freeze completa su transformación (de monstruo a hermoso alienígena musculado) y, a partir de ahí, ya no hay quien pueda esquivar sus ataques, dada su velocidad asombrosa. Mitos planetarios. Todo el barullo de los que mueren para poder resucitar con más poderes o de los mitos planetarios pasa a segundo término cuando Son Goku entra en acción. Las fantasías post-nucleares que pretenderían, como se puede leer, enseñarnos algo más horrible que el propio infierno terminan por ser una narración sublimatoria. Esas luchas en el planeta Namek que podrían destruirlo son, obviamente, increíbles. Todas estas energías incontenibles hacen que los contendientes destrocen un paisaje desértico o de rocas y lagos que recuerda tanto a Patinir cuanto, obviamente, a la tradición pictórica oriental. En cualquier caso estamos lejos de las ciudades, en el reino del ensueño críptico. A la manera de todos los desafíos cósmicos, sean las palizas de Rocky o el acto final de Gladiator, siempre hay un último aliento que puede impedir que los malos triunfen. Cuando Son Goku ha usado un kaioken (sea esto lo que sea) diez veces más potente de lo normal, sin conseguir acabar con su temible rival Freeze, su cuerpo heroico se debilita. La paliza epilogal es de órdago. Pero, entonces, cuando, a la manera aristotélica, el temor y la compasión se ha suscitado, viene la catarsis (el rito purificatorio). Después de doscientas diez páginas, el bueno (finalmente este mundo es el colmo de lo maniqueo) utiliza la genkidama que, según nos informa, afortunadamente, un chavalillo que contempla todo el desastre, es un ataque que toma la energía de todas las plantas, los animales y los micro-organismos. Acaso esa sea una de las armas de destrucción masiva que no se pudieron encontrar en las arenas del desierto. El mundo del simulacro. Lo cierto es que, por toda conclusión, tenemos al protagonista con los brazos en alto, como en una plegaria, concentrando las energías del mundo del simulacro, mientras los otros pronuncian unas palabras balbuceantes: «¡Qué.. qué grande, es...!¡¡Es increíble...!!». Y, de verdad, se acabó. Todo ese mundo vertiginoso, admirativo, de explosiones y puntos suspensivos termina para continuar. Seguramente quien no ha abierto nunca un manga no comprenderá su potencia adictiva. Mi hijo Ernesto, que está más colgado de estas cosas que yo mismo, me instruye sabiamente: «si empiezas no acabas», me espeta con frialdad, para luego añadir, con un cierto desdén, que «al principio el manga es muy pesado y lento pero luego no paras». Es esa cualidad acelerada, que sólo hace mínimas pausas para mostrar el escenario devastado, la que consigue implicar al lector. Recuerdo una ocasión en un autobús de Tokio, en el que había, por cierto, un recipiente público para mangas, en el que pude ver a toda clase de personas, desde niños a ancianos, de ejecutivos a un monje sintoísta, entregados, a una velocidad de muerte, a la turbia pasión de esas páginas. Me di cuenta de que la forma en la que yo «leía» aquello era inadecuada: se trataba de ponerlo, en todos los sentidos, en acción. No había que meditar nada sino que esas pugnas tenían que ser devoradas. El arte del manga. La cultura manga se ha proyectado desde el papel a la televisión y al cine, llegando, por supuesto, a las artes plásticas. Por ejemplo, Michel Majerus incluye en Gold (2002) rostros «mangáticos» junto a una pieza de puzle que está alucinando; Mariko Mori ha desarrollado, en su conocido pop de Tokio, un mundo de ensueño ritualizado, mientras Takashi Murakami, con una estrategia a lo Koons sólo que en el caldo express oriental, ha construido figuras como My Lonesome Cowboy (1998) que eyacula y lanza una inmenso chorro de esperma, sin alterar su pelo amarillo de punta en la más canónica estética de los héroes manga. Pierre Huyghe ha realizado el fascinante video One Million Kingdom (2001), una pieza de la colección del MUSAC, que forma parte del proyecto No Ghost Just a Shell, que realizara con Parreno y González-Foerster (compraron a una compañía japonesa de la industria de la animación los derechos exclusivos de un personaje genérico del manga). El agonismo de los super-héroes pasa a segundo término en las melancólicas secuencias de Anywhere out of the world (2000), de Parreno. Pero, más allá de la estetización o de las visiones de la tristeza contemporánea, el manga propone un dominio de lucha hasta la extenuación o una actividad sexual frenética. Los personajes son campeones del culturismo y, por supuesto, consiguen unas erecciones memorables, mientras ellas son lolitas de coletas multicolores, llorosas y dispuestas a todo para satisfacer a sus amados. Los golpes tienen que llegarnos a nosotros, la cámara tiene que ser subjetiva, el orgasmo debe ser una explosión atómica. Es lo que llaman en la NBA los «minutos de la basura», cuando no podemos hacer otra cosa que nada, podemos entregarnos al frenesí del desafío total. Antes ese verdor que estar maduros como brevas. Fuente: www.abc.es - Suplemento Cultural ABCD |
| QUOTE (geminis gold saint @ Jan 4 2007, 08:15 PM) |
| yo no entendi, los españoles no saben redactar (quev) (quev) |
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| segun lo que dice este tipo vio dragon ball nomas |
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| es que en latinoamérica hay un mito de que todos los gallegos son estúpidos... |
| QUOTE (Haku82 @ Jan 9 2007, 02:09 PM) |
| Lo mejor de todo es que el mismo periodista reconoce su estupidez al decir que para escribir el artículo lo único que hizo fue leerse un tomo de Dragon Ball. AcojonanteXDDDDD Por cierto Altar, Galicia es una comunidad autónoma de España, pero hay más, no todos los españoles somos gallegos, aunque paradójicamente yo sí lo sea, por parte de padreXDDDDD. A mí me da igual, pero he visto que hay gente que le molestan esos calificativos... Un saludo!. |